El bar llamado "La Pérgola de San Telmo”, ubicado enfrente a Plaza Dorrego, lucía como un inmenso faro en medio de una noche especialmente oscura. Los clientes preferían mantenerse en su interior, debido al aire acondicionado, y no exponerse ante el brutal calor que azotaba Buenos Aires. No había muchos comensales, apenas un puñado de vecinos que se encontraban liquidando la última vuelta de cerveza.
En una pequeña mesa del interior del bar preparada para dos personas, se encontraba sentado Bernardino. El acompañante de la otra silla era un pequeño maletín negro.
Bernardino, vestido con un impresionante abrigo y un extraño sombrero, tenía la mirada fija en un punto imposible de dilucidar. De vez en cuando movía frenéticamente su cabeza, como si quisiera alejar malos pensamientos de su mente.
De un instante para otro, la calma terminó para dejar paso al estallido.
-¡Sírvame otro igual! –bramó Bernardino desde el rincón más alejado de la barra.
A los pocos segundos se acercó tímidamente una camarera.
-Señor, no hay problema, el tema es que ya se tomó más de nueve whiskies, ¿no le parece demasiado? –inquirió la chica de los pedidos.
-Niña, no te preocupes por tonterías. Trae otro trago, es lo único que me mantiene lúcido en este momento –contestó Bernardino mientras se pasaba una mano por la cabeza.
-Ok, si usted lo dice… -la camarera contestó nerviosamente. Luego de un pequeño momento de duda, enfiló hacia la barra y pidió otra medida de whisky más.
“El clima de Sevilla debe ser hermoso ahora mismo. ¡Cómo quisiera estar ahí! Siempre que tengo que trabajar es en lugares azotados por el calor. Lo que más odio de Buenos Aires no es el calor, es la humedad. “Fuego de San Telmo, Fuego de San Telmo, quién tuviera manos para detenerlo…” –Bernardino pensaba mientras la camarera cumplía con su último pedido.
-Acá está, otro whisky más -la camarera sirvió otra medida y se prestó a alejarse de la mesa.
-Espera, bonita. No te escapes todavía. Me gustaría hablar un poco, ¿es posible? –se apresuró en decir Bernardino.
La camarera miró nerviosamente a la barra, y luego a las demás mesas. El local seguía casi vacío y nadie iba a advertir que se encontraba sentada con un cliente. Casi sin quererlo, corrió el maletín de Bernardino y se sentó en la silla.
-¿Cómo te llamas? –preguntó un Bernardino que parecía mitad ebrio y mitad loco.
-Mi nombre es Isabel, y trabajo acá hace tres meses –la mesera empezó a adquirir un ligero rubor en su rostro. Con la mano izquierda se apartó el flequillo de la cara.
-Isabel, Isabel, ah, Isabel… ¿Qué hombre no iría a una guerra por Isabel? ¿Quién no dejaría sus venas por ella? Bonito nombre, y por eso invito otro trago –se apresuró en decir Bernardino.
-Mmm, ehm, muchas gracias. Pero yo no puedo tomar nada, no nos dejan tomar alcohol en el trabajo. ¿Y su nombre? No es de acá, ¿no? –respondió una Isabel, mucho más suelta, casi chismosa con su nuevo compañero de charlas.
-Puedes decirme Bernardino o Mukhtar, a esta altura es lo mismo –confesó Bernardino -¡Pero no puedo creer que inventen estúpidas reglas para tomar alcohol! Mira, vamos a hacer lo siguiente: te doy esta cantidad de billetes, y traes más alcohol, ¿entendido? Y deja muy en claro que sólo seguiré gastando si te dejan que te quedes conmigo –aleccionó Bernardino mientras preparaba varios billetes que estaban guardados en el bolsillo del maletín.
-Voy a ver que me dicen, señor. Sepa entender, así no se maneja el local. Usted es muy simpático pero no sé si voy a poder traer más bebida. ¿Por qué no viene mañana y seguimos charlando un ratito? -imploró Isabel.
Bernardino la despidió con su gesto de desagrado, el mismo que usaba para espantar moscas.
Isabel se levantó, tomó los billetes de Bernardino y marchó hacia la barra. Se sentía impulsada por un raro sentimiento, algo semejante a la osadía.
-Las monedas sirven para el viaje de Caronte, está claro, ¿pero cuántas se necesitarán en esta ocasión? ¿Qué brecha se abrió en este antiguo lugar? ¿Brigada azul? ¿Es que no se adaptaron a los tiempos y decidieron usar un nombre tan viejo? Tchk –su boca hizo un ruido extraño -¿Dónde están situadas las fuerzas? Debería visitar las iglesias, debería hablar con los ciudadanos que viven hace mucho en el barrio, debería trabajar más a fondo, debería…dejar de beber” –la mente de Bernardino se sumergía otra vez en el mar de pensamientos.
Isabel se acercó a la mesa en forma decidida. En sus manos portaba una botella de whisky entera que posó sobre la mesa, acto seguido se sentó en el asiento opuesto al del viejo.
-La barra dice que está bien, mientras no entren clientes no hay problema que me quede acá. Usted me dio más billetes de lo pensado, así que traje una botella –explicó Isabel mientras señalaba el reluciente envase de vidrio.
-Bien, al menos algo que sale bien. Antes que nada, puedes tutearme, ustedes suelen hacer eso con la gente a la que tienen confianza, y yo quiero eso de tu persona. En mi caso cuesta un poco más, ya estoy demasiado viejo –rezongó Bernardino mientras se sacaba el sombrero para dejarlo colgado de su silla.
-Jeje, está bien, Bernardino, ¿no? –se atrevió Isabel mientras ensayaba una pequeña sonrisa.
-Así es, tan bien como cualquier otro nombre, no hay quejas –contestó Bernardino mientras terminaba la frase con una amplia sonrisa que mostró sus dientes dorados.
-¿Y hace cuánto que estás por…acá? –preguntó atrevidamente Isabel.
Bernardino no pudo disimular otra sonrisa –Esta vez hace muy poco que llegué, aunque mucho tiempo atrás pasé años en esta zona. El cambio es desconcertante. Nada está igual a antes, supongo que es lo esperado. Si quieres saber, no nací en Argentina –musitó Bernardino mientras se ponía a servir una medida de whisky para él y otra para su compañera.
-Ay, disculpame pero yo no tomo. Tomá vos –se apresuró a contestar Isabel, para enfatizar su decisión realizó un gesto con las manos que iba desde los dos vasos de whisky hacia la boca de Bernardino.
Uhm, está bien, basta de pequeñeces –Bernardino levantó enfáticamente su mano derecha -¿Así que trabajas hace poco en este lugar? ¿Qué tal se siente? –preguntó el viejo antes de terminar su bebida de whisky.
Isabel suspiró, luego empezó a contar -Al comienzo me costaba tomar los pedidos, principalmente por no entender cómo hablan los turistas alemanes o japoneses. Igual ya mejoré mucho, no me pagan demasiado pero en propinas saco una buena diferencia. No me pienso pasar años trabajando acá, mi idea es juntar plata para poder mudarme sola.
-Sola, sola, sola –Bernardino repetía la misma palabra mientras su cara mostraba cómo le costaba aceptar ese concepto. En su mente era imposible que una mujer quiera vivir sola.
-Bernardino, ¿visitaste muchos lugares en este tiempo? –interrogó Isabel.
-No demasiados, ayer me entretuve en su Parque Lezama, nombre feo si los hay, prefería cuando se llamaba “La quinta de los Ingleses”. Curioso Fuego de San Telmo tienen ahí en este mismo instante, al igual que en otros lugares cercanos. La verdad que todavía no hice mucho, recién estoy estirando las piernas. Tengo que ponerme en marcha para recorrer las iglesias, ya lo sé –admitió el viejo ebrio.
-¿Fuego de qué? Estamos en el barrio de San Telmo, eso sí, pero lo del fuego no sabía nada. No me digas que con este tema del calor y los cortes de agua tuvo la mala suerte de ver un incendio. ¡Lo que faltaba! –se indignó Isabel.
-No precisamente –rió Bernardino –aunque me llama la atención lo despistados que son ustedes. Todavía no encontré a nadie que sepa qué son esos fuegos, y ayer cuando me topé con dos extraños me quedé con la impresión que pensaron que estaba loco. Bueno, peor para ellos –Bernardino se llevó otro vaso repleto de whisky a la boca.
-¿Y cuál es su trabajo? ¿A qué se dedica? –preguntó Isabel, de a poco la curiosidad iba apoderándose de su mente.
-Digamos que me encuentro buscando a alguien. Todavía no lo encontré pero lo estoy buscando. Necesito a un héroe, o a una heroína, por supuesto. Los tiempos cambian, ¿o no? Y necesito hablar con él, o con ella, para luego poder marcharme. El problema es que todavía no lo crearon. Mientras tanto tomo todo lo que puedo, así me agarro una borrachera del milenio –el viejo pegó un eructo que se escuchó en todo el local.
-La verdad es que no entiendo lo que dice, pero de alguna forma me gusta escucharlo. Es como si usted supiera cosas que yo ni siquiera puedo imaginarlas –se sinceró la mesera del flequillo inquieto que ni siquiera reparó en el estruendoso eructo.
-Siempre que tengas dudas en algo, no vaciles en tomarte una botella de whisky –al terminar la frase, Bernardino vació el contenido de la botella en su pequeño vaso.
-Bueno, terminó su bebida, me voy a llevar las cosas y ya me preparo para irme a casa –adelantó Isabel.
-Niña, me parece muy bien. Yo voy a hacer exactamente eso mismo –el viejo se calzó su sombrero y buscó algo adentro de su maletín. Sacó un habano y se preparaba para prenderlo.
-Noo, disculpe, pero acá no se puede fumar. Va a tener que salir a la calle. Por favor, no se enoje –se disculpó Isabel mientras se arreglaba el pelo y chequeaba que el local se encontraba vacío de clientes.
-Pero será posible… -se quejó Bernardino mientras se levantaba más rápido de lo común para poder prender cuanto antes su ansiado habano.
A los pocos minutos Bernardino estaba parado en la puerta del bar, como si fuera un molesto buzón en medio de una peatonal. El viejo fumaba uno de sus clásicos habanos y el humo del cigarro empezaba a aletear cada vez más vigorosamente. En cuanto Isabel salió a la calle, no pudo evitar encontrarse a centímetros del extraño.
-¿Sigue acá, Bernardino? ¡Pensé que ya se había marchado a su hotel! ¿Está cerca? –se animó a preguntar Isabel.
-Sí y no, pero eso no importa. Escúchame niña, quiero pedirte algo. Sé que te parezco un viejo loco, pero la botella de whisky me devolvió un poco la razón. Creo que entiendo lo que debo hacer, y puede que necesite tu ayuda, aunque sea como una guía turística. Puedo pagarte bien. Además, tu compañía me resulta de mucho agrado, por motivos que no vienen al caso. ¿Qué dices? –Bernardino consultó con su cara más inocente a Isabel.
-No, no tengo problemas con eso, lo que pasa es que tengo pocos días francos. Y el resto de los días suelo salir siempre a esta hora, deberíamos visitar los lugares turísticos bien temprano. ¿Te parece bien? Y no quiero que me pagues, no nado en plata pero me gusta la idea de ser guía turística, si te parece lo hago gratis. Aunque tenés que invitarme como mínimo a un helado –Isabel dotó, sin querer, a su última expresión de un matiz netamente adolescente.
-Hecho, que no se hable más de ese asunto. Por supuesto que si hacemos un viaje yo pago todos los gastos –se apresuró en comentar Bernardino –Y otra cosa, quiero pedirte que hagas algo que si bien te puede parecer descabellado, te prometo que te será beneficioso. ¿Está bien? –el viejo tomó del brazo a la joven para crear una atmósfera más amenazante.
-Sí, sí, no me asuste, Bernardino. ¿De qué está hablando? –murmuró Isabel mientras daba un paso hacia atrás.
Bernardino miró hacia todos los lados de la calle, para asegurarse que no había ninguna persona a la vista. Sacó el habano de su boca, y con la ayuda de su cigarro empezó a "dibujar" una puerta. Después de varios esbozos, la entrada quedó fijada en forma permanente: cuando desprendió un brillo dorado, Bernardino se sintió complacido. –Ahora te voy a pedir que pases por esta puerta –musitó el viejo ebrio.
Isabel no sabía qué hacer, por un lado tenía curiosidad en seguir el juego del turista, por otro no quería contradecirle por miedo a una reacción violenta. Luego de unos míseros segundos de duda, decidió ceder a la petición del viejo –Está bien –respondió la chica. Isabel cruzó el portal y quedó parada del otro lado, giró su cuerpo y se quedó mirando fijamente la cara de Bernardino.
-Pfff, ya me siento un poco más tranquilo –admitió el viejo mientras con la mano derecha disipaba el humo que formaba la puerta. –Ahora tienes que marchar a tu casa, nos vemos mañana en este local, ¿está bien? No sé a qué hora voy a poder pasar, pero en algún momento vas a volver a verme –se sonrojó Bernardino mientras se llevaba el ansiado habano a la boca.
-Bueno, está bien. Mejor que me tome un taxi, ya se hizo tarde –Isabel consultó su reloj mientras levantaba la vista para ver si encontraba un taxi que circule por la calle Humberto Primo.
Al poco tiempo pasó un taxi e Isabel se subió en él. Bernardino la despidió haciendo círculos con el habano. La mesera sintió una profunda sensación similar a la angustia –¿Y si no lo vuelvo a ver? -pensó mientras el taxi la alejaba de su trabajo.
Bernardino siguió caminando hasta encontrarse con la calle Bolívar y ahí bajó por esta última vía. Mientras buscaba un nuevo bar para hacer tiempo hasta el otro día, tarareaba “Fly me to the Moon”.
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