viernes, 14 de octubre de 2011

(11) Cambio de Fe

Una araña de tamaño humano se posó levemente sobre el pasto reseco.
Ni siquiera la brillante luna llena lograba descubrir a la criatura. Con un ligero movimiento de manos, empezó a reconocer el terreno. Al comienzo el tacto era errático, sin ninguna señal contundente, pero al cabo de unos pocos segundos aparecieron los primeros indicios positivos: apenas unas sencillas líneas horizontales que formaban un burdo rectángulo. A Jean-François le tomó unos dos minutos recorrer y conocer la superficie correcta. Debido al ruido de unos pasos secos, acostó todo su cuerpo como una anguila en la proximidad de su hogar. El disturbio sonoro era provocado por un porteño que paseaba, a pocos metros, a su perro. Las costumbres de Buenos Aires desconcertaban a Jean-François, pero por otro lado aportaban una cierta adrenalina a su trabajo; y bien que necesitaba ese empujón anímico luego de años de inactividad.
No había una hora segura para trabajar, pero lo más cercano a eso era la madrugada del Lunes, Martes y Miércoles. Los demás días de la semana podían dedicarse a tomar cerveza y a mirar canales franceses desde la habitación del hotel.
Los trabajos en la puerta clausurada dieron sus frutos. Dentro de un tiempo comprendido en tres meses, Jean-François se dedicó a examinar, cotejar planos y poner manos a la obra para reutilizar un antiguo túnel que se introduce profundamente en la iglesia de Nuestra Señora de Belén (ahora conocida como San Pedro Telmo). Los avances en el trabajo fueron progresivos. Al principio consistieron en visitas diurnas que le permitieron estudiar todas las edificaciones que rodean a la nave principal. Muchas noches fueron destinadas para observar el movimiento de los vecinos, comprobar la seguridad del predio o calcular el tiempo exacto en que la Iglesia queda deshabitada. Recién al pasar el primer mes, Jean-François se sintió tranquilo para explorar la ubicación del túnel olvidado. Este conducto se encuentra ubicado detrás de la Capilla sur de la Iglesia, por lo tanto comunica en forma directa con la parte principal de la edificación religiosa. Los motivos de su olvido son varios, por un lado al destruir el aljibe quedó sepultado parcialmente por el desmoronamiento de tierra; además las sucesivas capas de cerámicas que se usaron en la penitenciaría y hospital militar fueron creando una acumulación de sedimentos que terminó por ocultar el pasaje.
Las medidas del compartimiento perdido son sorprendentes: 2,50 metros de largo por 1,40 de ancho. Un túnel antiguo, resucitado por antiguos planos, posicionado en un edificio anexo que fue utilizado como prisión en el siglo XIX. - “No hay dudas, los argentinos son raros. ¿Cuántos reos sintieron el impulso de encontrar esta abertura y recuperar la libertad? ¿Cuántas miradas se habrán congelado en el tiempo y recién hoy sonríen?” – pensó Jean-François.
Debido al inexorable paso del tiempo, el terreno que se hunde en el pozo contiene todo tipo de objetos. Pedazos de cerámicas inglesas y nacionales de más de cien años, huesos de animales, restos de maderas de distinto espesor y muchas otras sustancias imposibles de identificar a simple vista. Al llegar a los tres metros de profundidad, el ángulo hace una curva rotunda y se perfila en forma totalmente horizontal, como si fuera la columna vertebral que mantiene en pie a la Iglesia. Ahora es cuando transcurre la tercera transformación, la lombriz. Ésta es la parte más laboriosa, ya que el espacio para deslizarse es pequeño. El calor hace estragos en la faena, pero ante este inconveniente Jean-François prefiere invocar las cervezas frías que le esperan en su cuarto.
Al llegar a la mitad de la planta en forma de cruz, la lombriz se topa con un descenso brusco que lo obliga a estirarse hacia abajo para tantear el suelo. El motivo de la depresión es que a muy poca distancia de él, reposa el cuerpo de Juan Antonio Martinez, cuarto párroco de la Iglesia; y uno de los principales impulsores en la decoración de las naves. El esfuerzo físico para acomodar su cuerpo provoca que la linterna de su casco deje de iluminar momentáneamente el camino a seguir. Es un percance inesperado, ya que al no poder usar sus manos con total libertad deberá valerse de los movimientos de su cráneo para centrar el foco. Al pasar unos veinte minutos logra su cometido, y sigue avanzando.
- “Ya falta menos” – pensó la lombriz. Tres veces realizó este mismo camino, así que ya conoce enteramente su extensión. Para que el trayecto sea lo más ameno posible, se le ocurrió en sus visitas anteriores al túnel ir señalando por medio de papeles la distancia a la que se encuentra el objetivo.
La lombriz sabe leer: primero vislumbró un “vingt”, luego “dix” y finalmente el ansiado “cinq”. De ahora en adelante el camino se abre significativamente, como incitando que la lombriz aprenda a correr. - “Nada más equivocado, ahora viene lo difícil” – murmuró Jean-François.
Cando el túnel se agrandó lo suficiente para pasar arrodillado, la lombriz se transformó en un perro en busca de un nuevo palo para jugar. Justo arriba de él se ubicaba el comulgatorio creado con mármol de Carrara, centro espiritual de la nave (Dios es un espíritu alegre, a no olvidarse).
El último trayecto consiste en utilizar unas tablas de cristal de silicio que funcionan como agarraderas. Colocarlas no fue tarea sencilla, ya que el material debe ser moldeado bajo altas temperaturas y la falta de oxígeno retrasó el progreso. La criatura convertida en mono recuerda que al colocar el último cristal, decidió pedir un aumento en su trabajo. Los motivos que adujo fueron la creciente incomodidad para trabajar en esas condiciones y las altas temperaturas a las que tenía que verse expuesto. Su paga no fue cuestionada ni nada por el estilo, incluso se le dobló la cifra acordada antes de terminar con su reclamo.
Lector, si te hubieras encontrado en la nave central de la Iglesia en ese instante; te parecería escuchar unos tímidos golpes que tienen un ritmo molesto: como si quisieran usar el baño y vos estuvieras en su interior.
Este momento del trabajo es comprendido como el más complejo, ya que consiste en realizar una abertura total. Para Jean-François es un pasaje más, sin mayor peso que la entrada al conducto. Algunos sostienen que la ascensión en una intrusión vertical es el último momento para pensar y retroceder el andar. La verdad es que si bien el cierre fue forzado con anterioridad, ninguna práctica te puede eliminar la adrenalina de la prueba final. Y está bien que así fuera. Uno tiene que sufrir en la piel el miedo a que te esperen decenas de policías mientras emerge tu cara del Inframundo, de otra forma no vale la pena arriesgarse a nada.
Los golpeteos rítmicos dieron paso a imperceptibles quejidos que significaban el deslizamiento de losa.
“El oxígeno tiene propiedades rejuvenecedoras, y lo más raro es que siga siendo gratis” – pensó el mono-. La primera bocanada de Jean-François le devolvió la vida, la segunda le permitió concentrar sus pensamientos para el próximo paso.
Si uno quiere realizar una tarea perfecta debe repasar todos los movimientos una y otra vez. Nuestra mente es la indicada de realizar esos procesos, es sólo cuestión de concentración.
El mono salió a la vida en forma lenta pero firme. Una vez que su cuerpo quedó casi en su totalidad en las afueras del pozo, la serpiente procedió a descartar su traje con una naturalidad envidiable. Una parte importante de este ritual consiste en descartar los zapatos y colocarlos en el pozo, para bajarlos se atan los cordones hasta que la caída sea imperceptible a un oído desatento.
Es el momento de la mantis religiosa, y por otra parte de la luz infrarroja. Con movimientos copiados de los Santos que inundan la Iglesia, la mantis se acercó a lo largo de su vida hasta alcanzar el antiguo comulgatorio.
En uno de sus pilares se encontraba el objeto de sus pensamientos y esfuerzos gastados en estos últimos tres meses: la reliquia de San Pedro Telmo. Con un movimiento de profundo desgano, como si diera lo mismo tenerla o no, el ladrón sujetó la cajita de plata y cristal. ¡Clin!
Los ladrones sostienen que ese momento de clímax es similar a un orgasmo, espacio temporal donde se escucha un aplauso realizado por los camaradas ya fallecidos. Jean-François no percibió nada, aunque quizás estaba distraído en su intento imprevisto de interrumpir un estornudo.
Una vez que el ladrón obtuvo su trofeo, se olvidó totalmente del encargo. Su mente pasó a concentrarse en su propina especial, su ítem personal ganado por una faena terminada. La codicia se encargó de elegir el reloj obsequiado por Denis Pack, inglés que lo entregó al pueblo de Buenos Aires por las atenciones recibidas en las Invasiones Inglesas. El antiguo objeto se ubicaba en la nave lateral de la izquierda, así que fue necesario que el ladrón gire sobre su camino. Una auténtica locura por el tiempo perdido, pero no había nadie para hacerle cambiar de idea.
El ladrón se quedó en silencio, tomó fuerzas y volvió al túnel.
La nueva entrada a la Madre Tierra no fue apresurada, Jean-François se preocupó de eliminar todos los rastros para luego sellar la losa con estabilizadores térmicos.
El camino de regreso fue meteórico, una carrera frenética. El único pensamiento coherente giraba en torno al tiempo que le tomaría a la Iglesia caer en la cuenta de los objetos robados. ¿La gente se sentirá movilizada? ¿Pasarán semanas, meses, años hasta darse cuenta de la pérdida? dialogaba el ladrón con un animado superyó.
El último pensamiento de Jean-François antes de salir por el túnel de la puerta clausurada tenía que ver con otro tema, de igual o mayor importancia: ¿cuántas cervezas se podía llegar a tomar antes de caer fulminado en la cama?

No hay comentarios:

Publicar un comentario