martes, 11 de octubre de 2011

(7) Cantar de cantares.

-Se podría decir que es un día ideal para ser católico- soltó Mariano a penas pisaron las frescas baldosas de la iglesia que poco sabían de los 35 de térmica reinante – Ya sé, no me digas nada, tengo que ponerte el saquito por el cambio de clima y todo eso.
Como todos los domingos de los últimos dos meses, Mariano y Lara se sentaron en el primer banco de la fila situada a la izquierda del altar. Las últimas veces,  Mariano estuvo considerando  sentarse en el último, quizás de esa forma Lara no pasase la misa entera parada en el banco apoyando sus manos en el respaldo y mirando hacia atrás.
El mapa geopolítico del templo era siempre el mismo. Mariano podía recitar los fieles de memoria casi como lo hacía con el plantel argentino del 86. Por supuesto, sabía la gracia de esos 22 benditos y se jactaba de ser el único que recordaba a Héctor Miguel Zelada.
El último banco de la fila de la derecha era de Marta “la sorda” Ruiz. Viuda y madre de cuatro hijos. Una nena de 12, otra de 10, otra de 9 y el desgraciado Pedrito de 5.
-No te das una idea lo que es el hijo de la sorda, no hay un puto domingo que no se lance todo- le había contado a los gritos Mariano a Aimé.
Pedrito parecía tener problemas estomacales, misa tras misa interrumpía algún canto con una arcada seguida de mate cocido con acompañamientos varios.  Marta, haciendo gala de su apodo, gritaba “¡Pedrito, la puta madre!” mientras sacaba un toallón celeste con el recogía los vestigios del desayuno.  La señora Ruiz dedicaba sus días al cuidado de sus hijos y los alimentaba gracias a su inagotable trabajo como costurera. Era la única que tenía una máquina overlock, una recta y una collareta para reparar. Es verdad, también, que muchos la elegían al verla sola con tantos hijos.  Sin dudas, una buena mujer.
Tres bancos más adelante se encontraban “los Chazarreta”.  A Ricardo Chazarreta se lo podía escuchar diciendo: “Yo ya cumplí, estoy retirado de las fuerzas”.  En el barrio nunca se supo a ciencia cierta de qué fuerzas hablaba. Ni él ni su esposa tenían más interacción social que las normales. De todas formas, siempre se los veía junto a su hijo Miguelito, un acartonado nene de 8 años al que el señor Chazarreta se refería como: “mi pibe mío”.
Quique era el dueño del banco situado a dos de los Chazarreta. Ferretero como su padre, se había hecho cargo del local hacía 5 años, luego de la muerte de Don Fito. Un tipo simple, simpático, amante de las costumbres y las tradiciones, pero también de pocas pulgas. Era un secreto a voces que Quique protegía su local con una carabina Mauser calibre 7,65 y una semiautomática 9mm.
-Che, Quique, dejate de joder. Cómo vas andar con esas armas, vas a tener bardo- le había dicho Mariano que lo conocía “de pendejo”.
-¿Sabes qué pasa, Marianito? Acá si te dormís ya te están velando. San Telmo no es lo que era antes, se lleno de bolitas, peruanos y villeros que en la primera de cambio te la quieren poner. Antes nos conocíamos todos, ahora tenés una casa tomada por cuadra con un montón de chabones que van y vienen.- contestó tajante Quique. Cuando hablaba de lo que era el barrio se posesionaba.  
Quique era un tipo respetuoso, cada domingo saludaba a los gritos desde su banco a todos los asistentes. María Laura, su esposa, no iba muy seguido. Pero Diego, su hijo de 11, era su ladero a sol y a sombra.
En los cinco bancos siguientes hacia el altar se sentaban Don Jaime, un viejo conocido del barrio, con sus tres nietos; Flavia, una compañera de primaria de Mariano del Bolivar, con su sobrina; Doña Tita; “Los pelilargos” (padre e hijo de indescifrables edades) y dos chicas jóvenes a las que Mariano había apodado, sin mucho esmero, “paty y selma púberes”.
Espacio de por medio y ya en los primero tres bancos estaban Marga, Julia y Estela. Las tres promediaban los 50, eran vecinas de larga data y se odiaban tanto como se necesitaban. Marga era soltera, eternamente. En sus años mozos había sido el deleite de los vecinos de ojos largos pero su obsesión por su madre la había dejado tirada al costado de la ruta matrimonial. Julia y Estela eran divorciadas. Bípedas de charla furiosa dejaban a Marga en el medio para no enredarse con sus propias lenguas. En el barrio se sabe que las tres intentan arrancarle los hábitos al padre Tomás. Dichos anónimos aseguran que el curita habría noviado en algún momento de su juventud con una de ellas pero no se sabe cuál fue la pícara.
Con la excusa de asistir a la misa de los jóvenes llevaban generalmente algún sobrino nieto o algún hijo de vecino. Total, a nadie le viene mal la palabra del señor.  
La fila de bancos de la izquierda era, por cierto, poco concurrida.
Los 5 o 6 bancos del fondo solían estar vacios, generalmente se notaba si iba alguien nuevo porque era fija que se sentaban ahí.
De la mitad para adelante se sentaba primero Santi y Noelia con Milagritos, su nena. Era realmente para ponerle Milagros, milagro que los dos hayan conseguido pareja, milagro que estén casados y milagro que se hayan reproducido. A pesar de no ser agraciados a la vista, eran gente muy buena y muy creyente. “¡Cómo para no serlo!” bromeaba Mariano. Él los conocía del barrio también.  Santi y Noelia trabajaban en Metrogas, en Barracas.
Unos bancos más adelante reposaba “el gordo” Jorgito. Jorgito perdió a su viejo hacía 10 años, cuando tenía 9. Personaje entrañable, ocurrente y atorrante. Había agarrado la costumbre de ir a esa misa porque cuando falleció Don Horacio (EL panadero del barrio) la madre lo empezó a llevar vaya uno a saber por qué.
-La vieja se queda en la panadería, pero yo vengo porque siento que acá el viejo me escucha- repetía el gordo.
En la isla del cuarto banco estaba Roque. Pocas personas pueden ser más respetables que Roque. Cuando vino de Mendoza a los 15 años, comenzó a trabajar en la carpintería del barrio y nunca más la dejó. Formó su familia, crió a sus dos hijas y hoy le dedica los domingos a sus cuatro nietos. Ah, también a los 24 años se convirtió en bombero voluntario en el cuartel de La Boca y en esta misma iglesia, el 5 de enero del 93, formó el actual cuerpo de bomberos de San Telmo y Puerto Madero.
En el segundo banco, justo detrás de Lara, se sienta siempre Alfonso. A pesar de haber pasado tantos años, Mariano todavía el guarda cierto recelo. Nunca va a olvidarse cómo le descubrió aquel estratégico machete para la prueba de lengua. Alfonso también va con su nieto, pero a su nieto poco le importa la misa.

 Lara tiene una foto con cada uno de sus compañeros de misa. Están pegadas en el corcho de la pared de su habitación. Aimé resopla cada vez que tiene que acomodarlas para poner alguna de esas frases laberínticas de sus pensadores favoritos. Para Lara esas frases son aburridos dibujos.

Escrito por: Matías

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