miércoles, 19 de octubre de 2011

(12) Fueguitos

-¿Viste ese fuego?
-Sí, ¿qué coño es eso?
-No tengo ni idea, pero la verdad que es para llamar a Crónica, o algo de eso.
-Yo lo noté hace un ratito, pero pensé que estaba viendo nublado.
-Sí, parece eso al comienzo pero si te fijás vas a ver que las llamitas no paran de moverse, como si alguien las estuviera soplando.
-Encima con este calor insoportable, lo que menos necesitamos es más calor. Bueno, yo doy una vuelta más y me voy a la mierda, espero que en casa se hayan dignado de dejarme algo de agua. No doy más de bañarme para la mierda. ¡Qué asco dormir así!
-¿Vos también andás con quilombo de agua? La verdad que en mi casa sale perfecto. ¿Probaste llamar a los guachos de Aysa? -preguntó Darío.
-Sep, quedaron en mandar una cuadrilla pero eso fue hace como cinco días. Hoy llamé de nuevo y directamente un disquito me repite “falla general en la zona. Por favor, mantenga su número de reclamo y la concha de la lora” -respondió Esteban.
-¿Y querés pasar por casa y te das una ducha? Mirá que no hay drama, eh -aseveró Darío.
-Nah, dejá, si la jermu se llega a enterar que me estoy bañando en otro lado le agarra un ataque de bronca -se lamentó Esteban.
Un hombre se acerca a la pareja de amigos. El hombre tiene un sobretodo y usa un enorme sombrero.
-Buenas noches –encaró el extraño -¿Tienen idea de hace cuánto está eso ahí? -El dedo del extraño indicaba, sin lugar a dudas, el pequeño fuego.
Los amigos se miraron mutuamente no más de un segundo. El tiempo suficiente para saber que estaban frente a un loco. Con casi 39º de térmica, no es posible que alguien salga a la calle con un abrigo así.
-La verdad que no tenemos idea. Yo llegué al parque hace más de cuarenta minutos y recién me fijé en eso en la última vuelta –se apresuró a aclarar Esteban.
- ¿Y usted? ¿Qué me puede decir al respecto? –con una grave acentuación en la palabra “respecto”, el hombre del sobretodo se dirigió a Darío.
- Yo, yo estaba igual. Dando un par de vueltas y de la nada también me fijé en eso. Creo que casi al mismo tiempo que él –contestó Darío mientras señalaba nerviosamente a su amigo de la infancia.
- Ninguno puede decirme la hora, entonces –respondió el hombre del abrigo extraño.
- Capo, a ver si entendemos algo. Estamos podridos del laburo, yo ando sin agua hace casi una semana, vengo a correr para desquitarme la bronca de tanto calor, porque ya no se puede estar más chivado, y realmente prefiero transpirar por correr y no por no poder darme una ducha. ¿Vos te pensás que sabemos exactamente cuándo arrancó eso que se ve ahí? Y otra cosa, ¿tenés idea qué es? Porque mataría que sea algo raro, así llamamos a un canal y quizás nos hacemos unos mangos –Esteban lanzó una risita para buscar la complicidad de su amigo.
-¿Quieren la historia larga o la corta? Eso que ven ahí no es algo casual, y tiene diferentes interpretaciones que dependen absolutamente del observador –El hombre del sobretodo sacó un habano y empezó la tarea de prenderlo.
-Ah, bueno, lo que faltaba. Entre el calor y este enfermito ya no sabés con quién quedarte –respondió, enojado, Esteban.
-Señor, con respeto, ¿cómo se llama? Nunca lo vi por la zona –se apresuró a decir Darío.
El hombre del abrigo sonrió levemente, y en su boca se logró vislumbrar varios dientes de color dorado –Mi nombre es Bernardino, y estoy interesado en este tipo de situaciones. ¿Qué es? ¿Escucharon hablar alguna vez sobre el fuego de San Telmo? No van a ganar nada llamando a los medios, la explicación racional indica que estamos ante un fenómeno meteorológico raro, pero no imposible de acontecer en tierra. Mucho más común es que suceda en el medio del mar, o bien arriba –Bernardino señaló, con su habano encendido, hacia el cielo.
Esteban estaba cada vez más intrigado, el enojo había dado un paso al costado y la intriga acechaba a su mente –O sea que hay otras explicaciones, ¿alguna que nos quiera dar? Digo, ya que conocemos su nombre y tratamos de ayudarle con la hora…
-Aguantá un cacho, Teba –Darío lanzó una mirada penetrante a su compañero.
-A veces pasa en tierra firme, como en los cuernos del ganado o en ciertas superficies con forma puntiaguda, pero repito, no es común. Y menos si todavía no empezó la tormenta –murmuró Bernardino.
-¿Pero de qué tormenta hablás? Hace más de veinte días que no llueve, y los canales no paran de repetir que al menos por esta semana hay que olvidarse de una lluvia salvadora –Esteban volvió a enloquecerse, esta vez más en serio que nunca.
-Vengan, quiero que vean algo –contestó Bernardino, mientras empezaba a caminar con pasos lentos.
El trío de personas se dirigió hasta la mitad de la plaza, y quedaron parados como árboles viejos frente al Monumento a la Cordialidad Internacional.
-¿Lo ven? También hay fuego de San Telmo ahí. Pero, lamentablemente, tampoco pude averiguar la hora en que empezó –habló lastimosamente Bernardino.
-¡Es verdad! ¡En la cima de la japi esa se ve que también hay fueguito! Lo que pasa es que si venís de lejos ni lo notás, aparte este monumento pasa más desapercibido que pedo de araña –se apresuró en contestar Esteban.
¿Y será sólo en el Parque Lezama que está pasando este “fueguito”? –preguntó tímidamente Darío.
-Ustedes lo vieron en el Monumento a Pedro de Mendoza. Si hubieran girado un poco más la cabeza hacia la izquierda, habrían divisado que las cruces de la Iglesia Ortodoxa también tienen el fuego. Pero hay otro más, al menos uno más que yo encontré, en Paseo Colón e Independencia, el llamado "Monumento al Trabajo” –respondió Bernardino, mientras se apresuraba a dar otra pitada a su habano.
-¿También hay uno ahí? ¡Pucha, qué quilombo! ¿Y hay que apagarlos o algo de eso? Pregunto porque andamos jodidos de agua, y no creo que los bomberos quieran prenderse a apagar eso, más pajeros no pueden ser –se jactó Esteban.
-No se les ocurra tocarlos. Una cosa más, ¿no les parece raro que la gran mayoría de la gente ni siquiera se para a mirarlos? –inquirió Bernardino.
-La verdad es que puede parecer raro, pero la gente está ocupada en sus mambos. Y si es algo que nadie presta la mínima bola, es a los monumentos, estatuas y cosas por el estilo. La verdad es esa, para mí –respondió Darío, como si fuera un alumno aplicado que quiere reforzar sus éxitos académicos.
-Sí, es una buena explicación. Triste pero con altas probabilidades de ser cierta -Bernardino se llevó una mano a la cabeza, como si estuviera defendiéndose del Sol.
-Bueno, yo me las pico. Es al pedo quedarse, si encima que hay varios de esos no vale la pena llamar a la tele, ¿para qué me quedo acá? Me voy a casa a ver si al menos me dejaron una botellita de agua, la puta madre de este clima y los guachos de la empresa de agua -confesó Esteban.
-Veo que el problema de agua te enloquece. Si tantas ganas tenías de llamar a los medios por este suceso, ¿por qué no los llamaste por la falta de agua? -bramó Bernardino mientras señalaba con el habano a Esteban.
-Don, no me contestan, los cagué a miles de llamados. Hace unos días decían que no había reclamos de nadie, y ahora directamente no contestan, me ponen en espera. Para colmo, en la tele no dicen nada del problema de suministro. Así que ya no queda otra que esperar que se arregle el mambo –Esteban respondió en voz baja, mientras que con el pie derecho hacía círculos imaginarios en la tierra del parque.
-Señor Bernardino, ¿cuánto tiempo puede pasar para que se apaguen estos fuegos de San Telmo? –Darío preguntó con voz firme, como esperando una respuesta sincera a toda costa.
-No lo sé, ya no estoy seguro de nada. Pero antes que se vayan quiero decirles otra cosa, y espero que me tomen en serio y no como un viejo loco -Bernardino agarró fuertemente del brazo a Darío, luego siguió hablando -No se distraigan, este augurio no es nada bueno y todos podrían estar en peligro. No usen monedas, tiren las que tengan o gástenlas enseguida ¿Entendieron?
-Sí, eh, está bien. Gracias por todo y usted también tenga cuidado, no se quede dando vueltas en el parque, es peligroso más tarde –aconsejó Darío mientras empezaba levemente a temblar.
-No te hagas drama, capo. Yo me manejo con tarjeta SUBE -replicó Esteban con una sonrisa demencial.
Bernardino los despidió con un gesto despectivo, como si tratara de espantar a una mosca. Los amigos se fueron caminando muy despacio, con la mirada baja e intercambiando opiniones sobre lo que acababa de suceder.
El habano de Bernardino estaba en las fases finales de su vida, el humo ascendía en forma de espiral y terminaba nublándolo todo.
La visión era de un negro total, que sólo terminó cuando una mano tapó la escena. Un segundo después no había más nada, la superficie reluciente de la cajita de plata y cristal ya no mostraba ninguna imagen.

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