viernes, 14 de octubre de 2011

(10) ¿Cielo o Infierno?

El calor es devastador, una brisa de luz iluminó la cara de Tomás, de repente algo raro comenzó a suceder dentro de él, movimientos bruscos, habladurías raras.
“¡No, todavía no! No es hora de irme de acá, necesito encontrar respuestas, ¿por qué se fueron, por qué me abandonaron? ¡Te maldigo, si existe un Dios supremo sobre esta tierra, no creo más que en mis principios, no, aléjate de mi, aléjate!”
En un instante Tomas saltó de su cama, abrió los ojos y lo primero que hizo fue correr hacia la ventana. Miraba al cielo de un lado al otro, hasta quedarse tildado mirando un punto fijo como si un hechicero lo hubiese hipnotizado. Ahí se encontraba (desvariando otra vez).
Vuelve en sí y lo primero que hace fue mirar sus manos. No encontró ningún rasguño, después desvió su mirada hacia sus pies, nada…
Fue directo a la cocina para alimentarse un poco, en la heladera no había más que un pedazo de queso y un vaso lleno de leche (vaya a saber hace cuanto estaría eso ahí). Agarró un cuchillo, lo miro fijamente y se detuvo unos segundos.
“¿Qué pasará si introduzco el cuchillo en mi estomago, qué sensación causaría en mi?. ¿Qué ocurrirá si intento cortarme las venas y desangrarme hasta desvanecerme?”
Empezó a cortar en trozos el queso como si fuera parte de su cuerpo, dejando el pedazo de lácteo en la mesada. Se alejó, sonó el timbre.
Tomás: ¿¡¡Quién es!!!??
-Wenceslao- responden.
Tomás: Otra vez el viejo éste, que tipo pesado, algún día lo voy a agarrar de improvisto y le voy a dar un gran susto, ya me tiene harto…
Tomás: ¿Qué querés?
Wenceslao: Hijo te llegaron facturas, así que poniendo estaba la gansa, jajaja.
-Viejo cretino- pensaba Tomás.
De inmediato lo miró fijo a los ojos y se detuvo compenetrando su mirada en el rostro añejado de Wenceslao. Recogió las facturas y se las tiró en la cara.
Tomas: ¿Que facturas ni facturas, viejo? Primero quiero que me solucionen el problema de agua. ¿¡¡Qué carajo pasó con ese asunto!!??
Wenceslao no respondía.
Tomas: Contestame de una puta vez, ¿qué paso al final?
Wenceslao, al no saber que responder, se retira.
Tomás, con su dúctil delicadeza, se agarra sus bolas y se las frota en la nuca. Sus últimas palabras fueron “ya te voy a agarrar viejo…”.
Cierra la puerta y se dispone a contemplar desde su habitación tan grandioso día.
“¡Pero qué calor de la reputa madre y yo sin poder bañarme desde hace tres días! Por lo menos tengo desodorante, talco y jabón.”
Se dirige al baño, empieza a darse lluvia de garzos en su cuerpo y a pasarse el jabón con el fin de poder “bañarse”. Su boca estaba reseca de tantos escupitajos. Corre rápidamente hacia la cocina, agarra el vaso de leche y se lo tira encima.
-Por lo menos es líquido- pensó.
Se seca y empieza el festín de talco y desodorante.
Recoge sus llaves y sale para contemplar el maravilloso día que le espera, haciendo fuerzas hacia sus adentros para no padecer lo mismo que aconteció el día anterior.
Se calza el walkman para no oír voces y camina por la calle Humberto Primo con la mirada gacha con la intención de no ver caras extrañas.
De repente para en un kiosco, compra cigarrillos y continua su paso cansino hasta donde le depare el destino. Levanta su mirada y ve estructuras antiguas, casas que no eran de su agrado y una iglesia de fondo. Su pensamiento se anticipó frente a su curiosidad por poder proseguir en su andar. Vuelve hacia sus pasos, gira y va camino contrario. Una serie de imágenes le atravesaron la cabeza. Era la de gente atormentada, lágrimas, dolor, muerte y por ultimo su cuerpo colgando de un árbol.
Su vientre comenzó a contraccionarse, sus ojos atónitos por aquellas secuencias parecían tan reales como su presencia misma, lo que le provocaba pánico. Empieza a desesperarse, a correr sin importarle nada. Cruza las calles con el semáforo en verde, esquivando autos y los gritos de los conductores que vociferaban: “¡¡Heyyy, loco hijo de puta!!”.
La gente a su alrededor lo miraba pero él seguía corriendo hasta que llega a su casa nuevamente. Sube agitado las escaleras pero no puede encajar la llave en la cerradura, sus manos comienzan a temblar hasta que logra entrar y da un portazo que se escuchó hasta el último piso del edificio.
Agarra los pedazos de queso que había cortado hace un rato y se los pone en su boca con puño y todo con el fin de atragantarse. De tan pasado que estaba el alimento lo escupe con un regalo de vomito que dejo en pleno piso.
Comienza a patear el vómito.
“¡¡¡Gol, gol…golazo de Tomasito, gol!!!”.
Descarga toda su furia contra él, hasta no quedar nada. Se cansa, se agita cada vez más hasta que vuelve a su habitación, se dirige a la ventana nuevamente y se queda mirando un punto fijo hacia el cielo otra vez, al compás de un silbido tenue…

Escrito por Emiliano

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