En una noche de intenso calor en Buenos Aires, Jean-François saltó la reja que protegía al “Club Atlético”. El centro de detención clandestino, ubicado en el barrio de San Telmo, fue demolido luego de la dictadura y gracias al trabajo de varios investigadores volvió a ver de nuevo la luz. Como si fuera un dinosaurio, el infame inmueble pasó más tiempo enterrado que posado sobre la superficie de la Tierra.
La mayor parte de la edificación conservada es subterránea. En sus entrañas se conservan diversas habitaciones, muchas de ellas preparadas para mantener civiles en cautiverio.
Jean-François se dirigió hacia el ombligo del yacimiento, el lugar que le interesaba se encontraba exactamente allí. En ese sector se arrodilló y levantó unas gruesas tablas que cumplían la función de un piso precario. En apenas unos segundos, el francés se dejó caer en el interior de la excavación. Ni bien llegó al piso, inspeccionó el contenido de la pequeña bolsa que llevaba como único equipaje, cuando comprobó el buen estado de la pieza siguió adelante.
El universo era exquisitamente negro. Sin fin y sin comienzo.
Jean-François conocía el plano del lugar y esa confianza lo llevó a acelerar el paso. Descendió una pequeña pendiente ubicada en el sector donde dormían los encargados de realizar los operativos y luego giró a la derecha, donde se topó con la entrada a una habitación diminuta.
Mientras posaba el oído en la pared izquierda del recinto, con la mano derecha golpeó el muro: toc, toc, toc… Esperó menos de tres minutos y volvió a empezar con el ritmo: toc, toc, toc.
Muy lentamente se corrió una insignificante abertura ubicada en el piso, a pocos centímetros de la pared. Cuando el agujero cobró una dimensión considerable, una frase brotó de su interior -¡Pape Satàn, pape Satàn aleppe! –dijo una voz con tono quejumbroso.
A Jean-François le costó mantenerse calmo. Con cierta duda en su voz, mientras miraba hacia abajo, respondió -Non ti noccia la tua paura; ché, poder ch'elli abbia, non ci torrà lo scender questa roccia. Ni bien terminó de expulsar estas palabras, sintió un frío intenso en su tobillo derecho. Todo su peso dejó de existir y sintió una absurda necesidad de no dejarse llevar a la nada.
Una mano irrumpió en el Caos y forjó varios mundos, algunos están habitados y otros esperan su momento.
Cuando recobró la conciencia, descubrió que se encontraba acostado en un angosto túnel. Al levantar la vista alcanzó a comprender que el camino estaba iluminado por cientos de velas rojas depositadas en el piso. Muy a lo lejos, observó a una persona envuelta en un largo traje de color rojo que terminaba coronado en una capucha puntiaguda. Con sumo cuidado, y revisando el contenido de su bolsa, Jean-François se levantó del piso y empezó a caminar lentamente en dirección a la extraña persona.
A medida que se acercaba a su objetivo, las velas eran cada vez más grandes y cubrían la mayor parte del túnel. En varias ocasiones el francés no tuvo más remedio que pasar por encima de las velas, pateando o aplastando totalmente a muchas de ellas.
A pocos pasos del extraño, el ladrón optó por quedarse quieto. Al encapuchado era imposible descubrirle la cara, una sombra negra recubría su rostro. Muy lentamente, el extraño preguntó con voz lastimosa -¿Seña?
El ladrón se tomó unos segundos en pensar la respuesta, luego ensayó una extraña pirueta que consistió en mover frenéticamente sus brazos y piernas. Casi al instante, el encapuchado levantó un brazo invitando al francés a que se acerce aún más. Jean-François terminó a pocos centímetros del extraño, pero seguía sin poder observar su rostro. El hombre de rojo giró su cabeza hacia atrás y señaló el camino que se encontraba detrás de él.
El francés se puso nuevamente en marcha, aferrando con fuerza la bolsa que lo acompañaba.
La mano se preocupó que el Orden intervenga en un planeta específico, al que cuidó del alcance del Caos.
Luego de hacer varios pasos comprobó que el camino lineal del túnel se cortaba abruptamente para dar lugar a una enorme sala con varias puertas ubicadas en los costados. La iluminación era bastante buena en un sector de la estancia, aunque el espacio opuesto estaba sumido en la oscuridad. Girando rápidamente la cabeza pudo divisar que había cuatro entradas con forma de arco a la izquierda y llegó a distinguir, al menos, dos puertas iguales ubicadas a su derecha. En la otra punta, exactamente en el lado opuesto al ladrón, se encontraba una entrada más. Jean-François notó que todas las entradas visibles tenían un número romano tallado en la parte superior del arco.
-Puerta nueve, puerta nueve, puerte nueve –susurraba el extraño de rojo que había quedado muy distanciado del ladrón. La voz del encapuchado sonó extrañamente lejana, como si se encontrara a kilómetros de distancia.
Jean-François se fijó que sobre su izquierda las puertas mostraban los números que iban del primero hasta el cuarto, así que concluyó que la puerta nueve era la entrada sellada que se ubicaba en el extremo opuesto del recinto.
Decidido a pasar lo más rápido posible por la gran sala, empezó a caminar por el medio de la habitación mientras sujetaba su pequeña bolsa.
El francés no pudo evitar echar una rápida mirada para el sector de la derecha, aunque no logró observar nada interesante debido a la poca visión. En el lado izquierdo las primeras dos puertas estaban selladas, pero la tercera se encontraba abierta y gracias a la iluminación de las velas pudo percibir que estaba vacía.
La entrada siguiente, la cuarta, se mostraba abierta y fuertemente iluminada en su interior. La curiosidad tentó demasiado al ladrón, y al llegar a pocos centímetros del cuarto, Jean-François hundió la cabeza para husmear su interior.
Se encontró con una pequeña celda desprovista de objetos de interés. El piso estaba cubierto de paja y al fondo del cuarto se ubicaba una sencilla mesa de madera con dos sillas. Resignado a sufrir una gran decepción, el francés se prestó a retirar la cabeza del interior de la celda. Imprevistamente, una cara mezcla de humano y cabra salió desde el techo del diminuto recinto y se posó a pocos centímetros de Jean-François. El ladrón sufrió el peor susto de su vida, y lo festejó con un gran grito. La bestia, con pequeños ojos rojos, estaba colgada en el techo de su celda y giraba su cabeza constantemente. Su cabeza lucía largas extensiones de cabello blanco y negro que tocaban el piso, y el cuello estaba adornado con enormes collares de oro.
El francés, desesperado por huir, no dudo un segundo más alejarse rápidamente de la cuarta entrada para dirigirse a su objetivo.
El francés, desesperado por huir, no dudo un segundo más alejarse rápidamente de la cuarta entrada para dirigirse a su objetivo.
La extraña criatura comenzó a realizar una serie de ruidos, como si estuviera llamando a alguien. Jean-François empezó a correr nerviosamente para ubicar la novena puerta, una vez que llegó hasta ella empujó fuertemente hacia adentro para poder pasar.
Nuestras escrituras nos permiten mantener el Orden, pero no debemos olvidar que el Caos también sirve a nuestros propósitos.
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