lunes, 24 de octubre de 2011

(17) Visita al Club (Parte Uno)

En una noche de intenso calor en Buenos Aires, Jean-François saltó la reja que protegía al “Club Atlético”. El centro de detención clandestino, ubicado en el barrio de San Telmo, fue demolido luego de la dictadura y gracias al trabajo de varios investigadores volvió a ver de nuevo la luz. Como si fuera un dinosaurio, el infame inmueble pasó más tiempo enterrado que posado sobre la superficie de la Tierra.
La mayor parte de la edificación conservada es subterránea. En sus entrañas se conservan diversas habitaciones, muchas de ellas preparadas para mantener civiles en cautiverio.
Jean-François se dirigió hacia el ombligo del yacimiento, el lugar que le interesaba se encontraba exactamente allí. En ese sector se arrodilló y levantó unas gruesas tablas que cumplían la función de un piso precario. En apenas unos segundos, el francés se dejó caer en el interior de la excavación. Ni bien llegó al piso, inspeccionó el contenido de la pequeña bolsa que llevaba como único equipaje, cuando comprobó el buen estado de la pieza siguió adelante.

El universo era exquisitamente negro. Sin fin y sin comienzo.

Jean-François conocía el plano del lugar y esa confianza lo llevó a acelerar el paso. Descendió una pequeña pendiente ubicada en el sector donde dormían los encargados de realizar los operativos y luego giró a la derecha, donde se topó con la entrada a una habitación diminuta.
Mientras posaba el oído en la pared izquierda del recinto, con la mano derecha golpeó el muro: toc, toc, toc… Esperó menos de tres minutos y volvió a empezar con el ritmo: toc, toc, toc.
Muy lentamente se corrió una insignificante abertura ubicada en el piso, a pocos centímetros de la pared. Cuando el agujero cobró una dimensión considerable, una frase brotó de su interior -¡Pape Satàn, pape Satàn aleppe! –dijo una voz con tono quejumbroso.
A Jean-François le costó mantenerse calmo. Con cierta duda en su voz, mientras miraba hacia abajo, respondió -Non ti noccia la tua paura; ché, poder ch'elli abbia, non ci torrà lo scender questa roccia. Ni bien terminó de expulsar estas palabras, sintió un frío intenso en su tobillo derecho. Todo su peso dejó de existir y sintió una absurda necesidad de no dejarse llevar a la nada.

Una mano irrumpió en el Caos y forjó varios mundos, algunos están habitados y otros esperan su momento.

Cuando recobró la conciencia, descubrió que se encontraba acostado en un angosto túnel. Al levantar la vista alcanzó a comprender que el camino estaba iluminado por cientos de velas rojas depositadas en el piso. Muy a lo lejos, observó a una persona envuelta en un largo traje de color rojo que terminaba coronado en una capucha puntiaguda. Con sumo cuidado, y revisando el contenido de su bolsa, Jean-François se levantó del piso y empezó a caminar lentamente en dirección a la extraña persona.
A medida que se acercaba a su objetivo, las velas eran cada vez más grandes y cubrían la mayor parte del túnel. En varias ocasiones el francés no tuvo más remedio que pasar por encima de las velas, pateando o aplastando totalmente a muchas de ellas.
A pocos pasos del extraño, el ladrón optó por quedarse quieto. Al encapuchado era imposible descubrirle la cara, una sombra negra recubría su rostro. Muy lentamente, el extraño preguntó con voz lastimosa -¿Seña?
El ladrón se tomó unos segundos en pensar la respuesta, luego ensayó una extraña pirueta que consistió en mover frenéticamente sus brazos y piernas. Casi al instante, el encapuchado levantó un brazo invitando al francés a que se acerce aún más. Jean-François terminó a pocos centímetros del extraño, pero seguía sin poder observar su rostro. El hombre de rojo giró su cabeza hacia atrás y señaló el camino que se encontraba detrás de él.
El francés se puso nuevamente en marcha, aferrando con fuerza la bolsa que lo acompañaba.

La mano se preocupó que el Orden intervenga en un planeta específico, al que cuidó del alcance del Caos.

Luego de hacer varios pasos comprobó que el camino lineal del túnel se cortaba abruptamente para dar lugar a una enorme sala con varias puertas ubicadas en los costados. La iluminación era bastante buena en un sector de la estancia, aunque el espacio opuesto estaba sumido en la oscuridad. Girando rápidamente la cabeza pudo divisar que había cuatro entradas con forma de arco a la izquierda y llegó a distinguir, al menos, dos puertas iguales ubicadas a su derecha. En la otra punta, exactamente en el lado opuesto al ladrón, se encontraba una entrada más. Jean-François notó que todas las entradas visibles tenían un número romano tallado en la parte superior del arco.
-Puerta nueve, puerta nueve, puerte nueve –susurraba el extraño de rojo que había quedado muy distanciado del ladrón. La voz del encapuchado sonó extrañamente lejana, como si se encontrara a kilómetros de distancia.
Jean-François se fijó que sobre su izquierda las puertas mostraban los números que iban del primero hasta el cuarto, así que concluyó que la puerta nueve era la entrada sellada que se ubicaba en el extremo opuesto del recinto.
Decidido a pasar lo más rápido posible por la gran sala, empezó a caminar por el medio de la habitación mientras sujetaba su pequeña bolsa.
El francés no pudo evitar echar una rápida mirada para el sector de la derecha, aunque no logró observar nada interesante debido a la poca visión. En el lado izquierdo las primeras dos puertas estaban selladas, pero la tercera se encontraba abierta y gracias a la iluminación de las velas pudo percibir que estaba vacía.
La entrada siguiente, la cuarta, se mostraba abierta y fuertemente iluminada en su interior. La curiosidad tentó demasiado al ladrón, y al llegar a pocos centímetros del cuarto, Jean-François hundió la cabeza para husmear su interior.
Se encontró con una pequeña celda desprovista de objetos de interés. El piso estaba cubierto de paja y al fondo del cuarto se ubicaba una sencilla mesa de madera con dos sillas. Resignado a sufrir una gran decepción, el francés se prestó a retirar la cabeza del interior de la celda. Imprevistamente, una cara mezcla de humano y cabra salió desde el techo del diminuto recinto y se posó a pocos centímetros de Jean-François. El ladrón sufrió el peor susto de su vida, y lo festejó con un gran grito. La bestia, con pequeños ojos rojos, estaba colgada en el techo de su celda y giraba su cabeza constantemente. Su cabeza lucía largas extensiones de cabello blanco y negro que tocaban el piso, y el cuello estaba adornado con enormes collares de oro.
El francés, desesperado por huir, no dudo un segundo más alejarse rápidamente de la cuarta entrada para dirigirse a su objetivo.
La extraña criatura comenzó a realizar una serie de ruidos, como si estuviera llamando a alguien. Jean-François empezó a correr nerviosamente para ubicar la novena puerta, una vez que llegó hasta ella empujó fuertemente hacia adentro para poder pasar.

Nuestras escrituras nos permiten mantener el Orden, pero no debemos olvidar que el Caos también sirve a nuestros propósitos.

domingo, 23 de octubre de 2011

(16) Concilio

1839 se transformó en un año crucial en la vida de Juana Manso. Los hechos ocurridos forjaron el andar terrenal de quien es considerada por muchos la primera militante feminista argentina.
A sus 20 años debía abandonar su Buenos Aires para escapar de la persecución del gobierno de Juan Manuel de Rosas.  Su delito era colaborar desde lo educacional con el gobierno Unitario de Bernardino Rivadavia, un buen amigo de su padre José. Los años que siguieron fueron más de lo mismo, pero así y todo, su lucha continuó. Fundó periódicos, escuelas y escribió el primer compendio sobre la historia de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Todo en función de cubrir las necesidades de los niños y emancipar a la mujer.
Cuando faltaban poco más de media hora para la medianoche, un reluciente auto alemán estacionaba al 100 de la calle que lleva su nombre.  En el asiento trasero, el funcionario público repasaba sus ideas. La reunión era simple, no debería costarle más que tres o cuatro favores y todo estaría solucionado. Al menos por el momento.

-¿No podíamos juntarnos el lunes, por lo menos?- preguntó una de las nueves personas presentes en aquel fastuoso salón de usos múltiples.
-No te va a hacer nada mal laburar alguna vez en tu vida.- contestó duramente la Presidenta de la Nación.
-Bueno, muchachos,  esto es muy simple. Hace un mes venimos viendo cosas raras en San Telmo y la idea es que no se metan. Es decir, cualquier cosa que escuchen o les vengan a contar la ignoran. No queremos ni siquiera que entren en el barrio.- El alcalde de la ciudad hablaba con tranquilidad y firmeza.
-¿Qué pasa?- arremetió quien se ubicaba justo frente a la mandataria.
-No estamos seguros, suponemos que alguna protesta pero, realmente, no imaginamos por qué.  Lo que más nos llama la atención es que es en todo el barrio. No es común.- confesó el jefe de gobierno.
-Já já, o sea que nosotros acatamos sin hacer preguntas. Dejensé de joder, es viernes a la noche, todos teníamos mejores cosas que hacer.  Hagámosla corta, a nosotros nos chupa un huevo qué carajo pasa en el barrio, digan qué ofrecen.
-Un millón, pesos. Lo reparten entre todos los medios.  Si en un mes no averiguamos qué pasa nos juntamos de nuevo y arreglamos otra cosa.- La voz de alcalde dejaba de ser firme.
- Ni en pedo, mínimo diez palos y las licitaciones que hablamos el año pasado. - el anciano trajeado dobló la apuesta.  
-Mirá, pelotudo, yo no estoy acá para hacer un negociado con ustedes.  Tengo mil formas de borrarlos de a uno y lo saben.- la jefa de estado los miró fijo, uno a uno.
-Listo, vamos muchachos.- soltó el más robusto de los siete.
-Paren, viejo. No se pongan en boludos. No les vamos a regalar todo por algo que puede ser una pelotudez. Les damos diez y lo otro lo charlamos, en todo caso, el mes que viene.- el jefe de la ciudad necesitaba el arreglo.
-Cinco palos verdes, entonces.
-No están viendo toda la película, esto es un intercambio de favores sobre algo que no sabemos.  Saben bien que entre los dos los bajamos en dos días. No sean giles, agarren los diez pesos y charlamos en febrero.-  esta vez, el hombre sonó convincente.
- ¿Y los medios chicos?

La primera hora del sábado se inauguró con cerca de veinte autos abandonando el edificio de Juana Manso al 100. Luego de pocos metros tomaron por Mariquita Sánchez de Thompson famosa por haber interpretado por primera vez el Himno Nacional Argentino el 14 de mayo de 1813.



Escrito por: Matías

viernes, 21 de octubre de 2011

(15) Ser o morir


“…estos salvajes no tienen leyes ni fe y viven en armonía con la naturaleza. Entre ellos no existe la propiedad privada, porque todo es comunal. No tienen fronteras ni reinos, ni provincias ¡y no tienen rey! No obedecen a nadie, cada uno es dueño y señor de sí mismo. Son un pueblo muy prolífico, pero no tienen herederos porque no tienen propiedades.”
Américo Vespucio (Cartas)



-Buenos días, padre. Le dejo a Franco y a Damián.
- Hola, Sonia. Gracias, igual hoy no los voy a necesitar.  No porque no sean unos magníficos monaguillos sino porque hoy no haremos la misa habitual.
-¿Por? ¿Pasó algo? No me diga nada, se insoló de nuevo.
-No es eso, no te preocupes. Simplemente quiero usar el espacio de la misa para comunicarle algo a la gente del barrio. De todas formas, quiero que te enteres junto con los demás asique te veo en un ratito.
-Sssi, claro.
-Una cosa más, Sonia. Te pido que me hagas el favor de avisarles a los chicos del coro y a Fabián que se ubiquen en los bancos.



Quizás fueron las charlas sobre los 35 grados, quizás fue el tradicional murmullo que precede a la misa, quizás fue la forma autómata de comportarse ante toda rutina o, simplemente, no había nada que advertir mientras nadie se viera afectado. Los laicos jamás notaron la presencia del padre Tomás, desprovisto de alba, sotana y estola,  de pie frente altar,  de frente a Jesús crucificado.
Mariano, por su ubicación, lo reconoció primero.  Veintiocho segundos tardó en avisarle al resto.
El silencio dio vuelta al cura, sus manos seguían a la vista de Jesús.
-Buenos días a todos. Como verán, no es un domingo como cualquier otro.
Las ovejas no entendieron.
-Bien, voy a tratar de ser lo más claro posible. Hoy no voy a dar la misa porque tengo algo que comunicarles y me parece que, dado el tema que quiero abordar, no corresponde que lo haga en el marco de la ceremonia.
El pastor hablaba con calma.
-Como muchos de ustedes deben notar, el barrio viene siendo afectado por varios inconvenientes. Hablábamos el domingo pasado, tras terminar la misa, sobre los cortes de agua, las caras nuevas,  los disparos durante las noches y otros temas. Bueno, quiero contarles que muchos de estos hechos no son aislados ni azarosos.  Hace casi siete meses existe una situación de la cual no pude hacerlos parte hasta el día de hoy. Permítanme corregirme, ustedes ya son parte, fueron parte desde un principio, pero hoy es el día en el que serán conscientes de su rol.
Las ovejas escuchaban, procesaban, razonaban. Seguían sin entender.
-Como les decía, hace siete meses un grupo de vecinos comenzó a delinear las bases de un movimiento organizado con el objetivo de refundar lo que hoy llamamos San Telmo. Para ser más preciso, lo que hoy llamamos Buenos Aires.  Yo, como cabeza de esta iglesia, vengo ayudando al movimiento en algunas cuestiones y mi idea es continuar con esa misión. Quiero serles completamente sincero, la realidad es que no es, ni será, un movimiento bien recibido ni por las autoridades institucionales ni por muchos de ustedes.  Sin embargo, como parte del movimiento y como su sacerdote tengo la obligación de decirles que en no más de quince días el barrio que conocen no será lo mismo.
Y la primera oveja baló.
-¿Pero qué es toda esta incoherencia, padre? ¿Puede ser un poco más específico, por favor?- pregunto, sin perder las formas, el más pulcro de todos.
-No puedo ser muy específico, Ricardo. Lo que si voy a hacer es contarles algunas de las cosas que van a comenzar a suceder en estos días. Básicamente para que ustedes tomen las decisiones que les parezcan más convenientes para sus vidas y las de sus familias.
Cuán difícil debe haber sido para las ovejas reconocer a su pastor predicar en un tono diferente.
-A partir de esta noche, muchos de ustedes recibirán la visita de integrantes del movimiento que les explicarán cuáles son los objetivos y las razones de la organización. Pueden ser visitas sorpresivas o comunicados en lugares en donde no se llame la atención. Como ya se deben imaginar, este movimiento no responde a las leyes que conocemos por lo que el modo de operar es discreto, por decirlo de alguna manera.
El más pulcro de todos insistió.
-¿Pero qué clase de locura es está? ¿Está enterada la policía de esto?
-A ver, digamos que sí. Es decir, la policía y el Gobierno de la Ciudad, gracias a su servicio de inteligencia ilegal, saben de cierto grupo que atenta contra el orden. Lo que no conocen es la magnitud de esto y, mucho menos, los fundamentos y objetivos. Pero, como les decía antes, no voy a explayarme en esas cuestiones. Ustedes sabrán lo que quieran saber pero en otra ocasión, cuando pueda afectarlos.
Una oveja gorda se preocupó por su cría.
-Padre, no entiendo, ¿es para asustarse esto o no?
-Rita, te pregunto de corazón, ¿la vida de hoy no te da miedo? ¿O acaso pensás que en tu privacidad estas fuera de peligro? El temor es parte de nuestras vidas y nuestra idea es combatirlo. Este movimiento apunta a mucho más que cuestiones materiales. Este movimiento busca la paz, el amor, el bienestar interior, la raíz de nuestra identidad. Jamás iríamos contra los inocentes, es por eso que cada persona que tome contacto con el movimiento tendrá su oportunidad de elegir de qué lado estar. Eso sí, pensamos que no hay tiempo para grises. Miles y miles de años de abnegación hicieron de nosotros lo que somos, y cuando digo nosotros los estoy incluyendo. A partir de ahora avanzamos sin que nos tiemble el pulso.  Con perdón de la expresión, quien tenga las pelotas para luchar por algo que vale la pena es bienvenido y quien no, que empiece a hacer las valijas.
Y una se descarrió del rebaño.
-No, esto es una locura. Resulta que vengo con mi familia a la misa y me encuentro con este discurso proselitista y con una amenaza de mala muerte de un cura rebelde. Le digo una cosa, Tomás, me voy directo a la comisaría porque, por más que esto sea un invento, usted merece estar preso por amenazas. Y mañana voy a llevar esto a sus autoridades.
-Señores, ustedes pueden hacer los que les parezca. Creo que cumplí con mi objetivo. De todas formas quiero que quede en claro una cosa. Nosotros vamos a luchar por todos y esperamos que nos ayuden. Esto no es una amenaza ni nada parecido, mi obligación, por el cariño de tantos años, es ponerlos al tanto de la situación. Obviamente no van a haber más misas, mi edificio estará a disposición de las actividades que le competen al movimiento y a sus integrantes. Les pido por favor que le comuniquen a todos los vecinos que conozcan lo poco que aquí pude contarles.
El silencio giró nuevamente al cura. El padre Tomás observó por última vez al Jesús muerto antes de dirigirse a la sala ubicada detrás del altar.

Escrito por: Matías

jueves, 20 de octubre de 2011

(14) Whiskies en San Telmo

El bar llamado "La Pérgola de San Telmo”, ubicado enfrente a Plaza Dorrego, lucía como un inmenso faro en medio de una noche especialmente oscura. Los clientes preferían mantenerse en su interior, debido al aire acondicionado, y no exponerse ante el brutal calor que azotaba Buenos Aires. No había muchos comensales, apenas un puñado de vecinos que se encontraban liquidando la última vuelta de cerveza.
En una pequeña mesa del interior del bar preparada para dos personas, se encontraba sentado Bernardino. El acompañante de la otra silla era un pequeño maletín negro.
Bernardino, vestido con un impresionante abrigo y un extraño sombrero, tenía la mirada fija en un punto imposible de dilucidar. De vez en cuando movía frenéticamente su cabeza, como si quisiera alejar malos pensamientos de su mente.
De un instante para otro, la calma terminó para dejar paso al estallido.
-¡Sírvame otro igual! –bramó Bernardino desde el rincón más alejado de la barra.
A los pocos segundos se acercó tímidamente una camarera.
-Señor, no hay problema, el tema es que ya se tomó más de nueve whiskies, ¿no le parece demasiado? –inquirió la chica de los pedidos.
-Niña, no te preocupes por tonterías. Trae otro trago, es lo único que me mantiene lúcido en este momento –contestó Bernardino mientras se pasaba una mano por la cabeza.
-Ok, si usted lo dice… -la camarera contestó nerviosamente. Luego de un pequeño momento de duda, enfiló hacia la barra y pidió otra medida de whisky más.
“El clima de Sevilla debe ser hermoso ahora mismo. ¡Cómo quisiera estar ahí! Siempre que tengo que trabajar es en lugares azotados por el calor. Lo que más odio de Buenos Aires no es el calor, es la humedad. “Fuego de San Telmo, Fuego de San Telmo, quién tuviera manos para detenerlo…” –Bernardino pensaba mientras la camarera cumplía con su último pedido.
-Acá está, otro whisky más -la camarera sirvió otra medida y se prestó a alejarse de la mesa.
-Espera, bonita. No te escapes todavía. Me gustaría hablar un poco, ¿es posible? –se apresuró en decir Bernardino.
La camarera miró nerviosamente a la barra, y luego a las demás mesas. El local seguía casi vacío y nadie iba a advertir que se encontraba sentada con un cliente. Casi sin quererlo, corrió el maletín de Bernardino y se sentó en la silla.
-¿Cómo te llamas? –preguntó un Bernardino que parecía mitad ebrio y mitad loco.
-Mi nombre es Isabel, y trabajo acá hace tres meses –la mesera empezó a adquirir un ligero rubor en su rostro. Con la mano izquierda se apartó el flequillo de la cara.
-Isabel, Isabel, ah, Isabel… ¿Qué hombre no iría a una guerra por Isabel? ¿Quién no dejaría sus venas por ella? Bonito nombre, y por eso invito otro trago –se apresuró en decir Bernardino.
-Mmm, ehm, muchas gracias. Pero yo no puedo tomar nada, no nos dejan tomar alcohol en el trabajo. ¿Y su nombre? No es de acá, ¿no? –respondió una Isabel, mucho más suelta, casi chismosa con su nuevo compañero de charlas.
-Puedes decirme Bernardino o Mukhtar, a esta altura es lo mismo –confesó Bernardino -¡Pero no puedo creer que inventen estúpidas reglas para tomar alcohol! Mira, vamos a hacer lo siguiente: te doy esta cantidad de billetes, y traes más alcohol, ¿entendido? Y deja muy en claro que sólo seguiré gastando si te dejan que te quedes conmigo –aleccionó Bernardino mientras preparaba varios billetes que estaban guardados en el bolsillo del maletín.
-Voy a ver que me dicen, señor. Sepa entender, así no se maneja el local. Usted es muy simpático pero no sé si voy a poder traer más bebida. ¿Por qué no viene mañana y seguimos charlando un ratito? -imploró Isabel.
Bernardino la despidió con su gesto de desagrado, el mismo que usaba para espantar moscas.
Isabel se levantó, tomó los billetes de Bernardino y marchó hacia la barra. Se sentía impulsada por un raro sentimiento, algo semejante a la osadía.
-Las monedas sirven para el viaje de Caronte, está claro, ¿pero cuántas se necesitarán en esta ocasión? ¿Qué brecha se abrió en este antiguo lugar? ¿Brigada azul? ¿Es que no se adaptaron a los tiempos y decidieron usar un nombre tan viejo? Tchk –su boca hizo un ruido extraño -¿Dónde están situadas las fuerzas? Debería visitar las iglesias, debería hablar con los ciudadanos que viven hace mucho en el barrio, debería trabajar más a fondo, debería…dejar de beber” –la mente de Bernardino se sumergía otra vez en el mar de pensamientos.
Isabel se acercó a la mesa en forma decidida. En sus manos portaba una botella de whisky entera que posó sobre la mesa, acto seguido se sentó en el asiento opuesto al del viejo.
-La barra dice que está bien, mientras no entren clientes no hay problema que me quede acá. Usted me dio más billetes de lo pensado, así que traje una botella –explicó Isabel mientras señalaba el reluciente envase de vidrio.
-Bien, al menos algo que sale bien. Antes que nada, puedes tutearme, ustedes suelen hacer eso con la gente a la que tienen confianza, y yo quiero eso de tu persona. En mi caso cuesta un poco más, ya estoy demasiado viejo –rezongó Bernardino mientras se sacaba el sombrero para dejarlo colgado de su silla.
-Jeje, está bien, Bernardino, ¿no? –se atrevió Isabel mientras ensayaba una pequeña sonrisa.
-Así es, tan bien como cualquier otro nombre, no hay quejas –contestó Bernardino mientras terminaba la frase con una amplia sonrisa que mostró sus dientes dorados.
-¿Y hace cuánto que estás por…acá? –preguntó atrevidamente Isabel.
Bernardino no pudo disimular otra sonrisa –Esta vez hace muy poco que llegué, aunque mucho tiempo atrás pasé años en esta zona. El cambio es desconcertante. Nada está igual a antes, supongo que es lo esperado. Si quieres saber, no nací en Argentina –musitó Bernardino mientras se ponía a servir una medida de whisky para él y otra para su compañera.
-Ay, disculpame pero yo no tomo. Tomá vos –se apresuró a contestar Isabel, para enfatizar su decisión realizó un gesto con las manos que iba desde los dos vasos de whisky hacia la boca de Bernardino.
Uhm, está bien, basta de pequeñeces –Bernardino levantó enfáticamente su mano derecha -¿Así que trabajas hace poco en este lugar? ¿Qué tal se siente? –preguntó el viejo antes de terminar su bebida de whisky.
Isabel suspiró, luego empezó a contar -Al comienzo me costaba tomar los pedidos, principalmente por no entender cómo hablan los turistas alemanes o japoneses. Igual ya mejoré mucho, no me pagan demasiado pero en propinas saco una buena diferencia. No me pienso pasar años trabajando acá, mi idea es juntar plata para poder mudarme sola.
-Sola, sola, sola –Bernardino repetía la misma palabra mientras su cara mostraba cómo le costaba aceptar ese concepto. En su mente era imposible que una mujer quiera vivir sola.
-Bernardino, ¿visitaste muchos lugares en este tiempo? –interrogó Isabel.
-No demasiados, ayer me entretuve en su Parque Lezama, nombre feo si los hay, prefería cuando se llamaba “La quinta de los Ingleses”. Curioso Fuego de San Telmo tienen ahí en este mismo instante, al igual que en otros lugares cercanos. La verdad que todavía no hice mucho, recién estoy estirando las piernas. Tengo que ponerme en marcha para recorrer las iglesias, ya lo sé –admitió el viejo ebrio.
-¿Fuego de qué? Estamos en el barrio de San Telmo, eso sí, pero lo del fuego no sabía nada. No me digas que con este tema del calor y los cortes de agua tuvo la mala suerte de ver un incendio. ¡Lo que faltaba! –se indignó Isabel.
-No precisamente –rió Bernardino –aunque me llama la atención lo despistados que son ustedes. Todavía no encontré a nadie que sepa qué son esos fuegos, y ayer cuando me topé con dos extraños me quedé con la impresión que pensaron que estaba loco. Bueno, peor para ellos –Bernardino se llevó otro vaso repleto de whisky a la boca.
-¿Y cuál es su trabajo? ¿A qué se dedica? –preguntó Isabel, de a poco la curiosidad iba apoderándose de su mente.
-Digamos que me encuentro buscando a alguien. Todavía no lo encontré pero lo estoy buscando. Necesito a un héroe, o a una heroína, por supuesto. Los tiempos cambian, ¿o no? Y necesito hablar con él, o con ella, para luego poder marcharme. El problema es que todavía no lo crearon. Mientras tanto tomo todo lo que puedo, así me agarro una borrachera del milenio –el viejo pegó un eructo que se escuchó en todo el local.
-La verdad es que no entiendo lo que dice, pero de alguna forma me gusta escucharlo. Es como si usted supiera cosas que yo ni siquiera puedo imaginarlas –se sinceró la mesera del flequillo inquieto que ni siquiera reparó en el estruendoso eructo.
-Siempre que tengas dudas en algo, no vaciles en tomarte una botella de whisky –al terminar la frase, Bernardino vació el contenido de la botella en su pequeño vaso.
-Bueno, terminó su bebida, me voy a llevar las cosas y ya me preparo para irme a casa –adelantó Isabel.
-Niña, me parece muy bien. Yo voy a hacer exactamente eso mismo –el viejo se calzó su sombrero y buscó algo adentro de su maletín. Sacó un habano y se preparaba para prenderlo.
-Noo, disculpe, pero acá no se puede fumar. Va a tener que salir a la calle. Por favor, no se enoje –se disculpó Isabel mientras se arreglaba el pelo y chequeaba que el local se encontraba vacío de clientes.
-Pero será posible… -se quejó Bernardino mientras se levantaba más rápido de lo común para poder prender cuanto antes su ansiado habano.
A los pocos minutos Bernardino estaba parado en la puerta del bar, como si fuera un molesto buzón en medio de una peatonal. El viejo fumaba uno de sus clásicos habanos y el humo del cigarro empezaba a aletear cada vez más vigorosamente. En cuanto Isabel salió a la calle, no pudo evitar encontrarse a centímetros del extraño.
-¿Sigue acá, Bernardino? ¡Pensé que ya se había marchado a su hotel! ¿Está cerca? –se animó a preguntar Isabel.
-Sí y no, pero eso no importa. Escúchame niña, quiero pedirte algo. Sé que te parezco un viejo loco, pero la botella de whisky me devolvió un poco la razón. Creo que entiendo lo que debo hacer, y puede que necesite tu ayuda, aunque sea como una guía turística. Puedo pagarte bien. Además, tu compañía me resulta de mucho agrado, por motivos que no vienen al caso. ¿Qué dices? –Bernardino consultó con su cara más inocente a Isabel.
-No, no tengo problemas con eso, lo que pasa es que tengo pocos días francos. Y el resto de los días suelo salir siempre a esta hora, deberíamos visitar los lugares turísticos bien temprano. ¿Te parece bien? Y no quiero que me pagues, no nado en plata pero me gusta la idea de ser guía turística, si te parece lo hago gratis. Aunque tenés que invitarme como mínimo a un helado –Isabel dotó, sin querer, a su última expresión de un matiz netamente adolescente.
-Hecho, que no se hable más de ese asunto. Por supuesto que si hacemos un viaje yo pago todos los gastos –se apresuró en comentar Bernardino –Y otra cosa, quiero pedirte que hagas algo que si bien te puede parecer descabellado, te prometo que te será beneficioso. ¿Está bien? –el viejo tomó del brazo a la joven para crear una atmósfera más amenazante.
-Sí, sí, no me asuste, Bernardino. ¿De qué está hablando? –murmuró Isabel mientras daba un paso hacia atrás.
Bernardino miró hacia todos los lados de la calle, para asegurarse que no había ninguna persona a la vista. Sacó el habano de su boca, y con la ayuda de su cigarro empezó a "dibujar" una puerta. Después de varios esbozos, la entrada quedó fijada en forma permanente: cuando desprendió un brillo dorado, Bernardino se sintió complacido. –Ahora te voy a pedir que pases por esta puerta –musitó el viejo ebrio.
Isabel no sabía qué hacer, por un lado tenía curiosidad en seguir el juego del turista, por otro no quería contradecirle por miedo a una reacción violenta. Luego de unos míseros segundos de duda, decidió ceder a la petición del viejo –Está bien –respondió la chica. Isabel cruzó el portal y quedó parada del otro lado, giró su cuerpo y se quedó mirando fijamente la cara de Bernardino.
-Pfff, ya me siento un poco más tranquilo –admitió el viejo mientras con la mano derecha disipaba el humo que formaba la puerta. –Ahora tienes que marchar a tu casa, nos vemos mañana en este local, ¿está bien? No sé a qué hora voy a poder pasar, pero en algún momento vas a volver a verme –se sonrojó Bernardino mientras se llevaba el  ansiado habano a la boca.
-Bueno, está bien. Mejor que me tome un taxi, ya se hizo tarde –Isabel consultó su reloj mientras levantaba la vista para ver si encontraba un taxi que circule por la calle Humberto Primo.
Al poco tiempo pasó un taxi e Isabel se subió en él. Bernardino la despidió haciendo círculos con el habano. La mesera sintió una profunda sensación similar a la angustia ¿Y si no lo vuelvo a ver? -pensó mientras el taxi la alejaba de su trabajo.
Bernardino siguió caminando hasta encontrarse con la calle Bolívar y ahí bajó por esta última vía. Mientras buscaba un nuevo bar para hacer tiempo hasta el otro día, tarareaba “Fly me to the Moon”.

miércoles, 19 de octubre de 2011

(13) La Primera Palabra

“¿Por qué me ocurren estas cosas, quién soy realmente? ¿Por qué me encuentro entre estas cuatro paredes y no puedo ser normal, ni puedo salir a la calle sin temores que me atormenten?”
Tomás enciende un cigarrillo, traga el humo para calentar sus pulmones y exhala lentamente en su nido de pensamientos.
“Hace días que no como nada, necesito alimentarme, mantenerme con energía, ser fuerte ante esta realidad que me atormenta”
Se aleja de la ventana donde estuvo media hora tildado, baja las escaleras, llega al hall de entrada para poder tomar un poco de aire y encuentra en la columna principal del edificio una nota de la administración:

-Señores propietarios, se solicita su presencia a las 18hs para evacuar ciertos temas que competen y afectan la problemática del edificio.
Atentamente, la Administración-

“Al fin, la condenada reunión. Voy a dar unas vueltas por el barrio y a hacer tiempo hasta la hora prevista”
Coloca su walkman en sus oídos y camina a paso lento, recorriendo el barrio San Telmo.
-Ahora me van a escuchar estos hijos de puta, estoy viviendo como un puerco y pago una expensa extremadamente alta. Lo mínimo que exijo son respuestas, no puedo seguir viviendo rodeado de mierda, oliendo mal en todo momento –murmuraba Tomás mientras mantenía la cabeza baja. La gente a su alrededor lo mira y, ante tal monólogo, comienza a reírse.
¿De qué se ríen especímenes humanos? No saben con quién se están cruzando, pedazos de soretes –increpó Tomás a la muchedumbre que lo rodeaba.
Sumergiéndose nuevamente en su habitual paranoia, Tomás desenfunda de su riñonera su filosa multiuso. Lo que empezó con una amenaza generalizada culminó en un espectáculo grotesco. El joven tajeaba sus brazos frenéticamente.
-¡Así van a quedar, mierditas, así los voy a mutilar uno por uno, no les va a quedar ni la polla para poder procrear! –vociferaba Tomás.
Las incisiones surtieron efecto. Tomás empezó a sentirse mareado y sus ojos empiezan a adormecerse. Las tajadas fueron tan profundas y abruptas que lo obligaron a acelerar sus pasos para volver a su único refugio.
No resultó nada efectivo su patético show, el público aún reía a su alrededor de lo que acababa de suceder.
Tomás ensaya un torniquete con su pañuelo y un palo, pero el resultado es insatisfactorio.
“Nunca, pero nunca, podré ser una persona apta siquiera para salir a dar una vuelta. Estoy sumamente frustrado conmigo mismo ¿Qué es lo que quiero lograr con todo esto realmente? ¡No vas a lograr ganarme esta vez, no!”
En el trayecto de regreso a su casa, toma un suspiro. El torniquete aplicado recientemente apacigua su malestar y comienza a caminar lentamente esperando la hora señalada. Se protege las heridas para que no sean vistas con su remera de mangas largas.
“¿Serán las 6? Me cago en todos los santos, ni un puto reloj de mano tengo. Ma’ sí, yo me mando a ver qué onda.”
Cruza avenida Paseo Colón y se dirige a su edificio, al instante divisa el hall de entrada donde se encontraban reunidos la mayoría de sus vecinos.
El edificio ubicado a la altura de 1200 de Paseo Colón fue remodelado en el 2010, consta de unos diez pisos y tiene una entrada bastante amplia con un hermoso verde, además dispone de un amplio estacionamiento. El precio de los departamentos son extremadamente altos, y las personas que los habitan son muy adineradas.
Tomás se ubicó detrás de toda la muchedumbre de vecinos para escuchar atentamente al administrador.
Con la mirada compenetrada en éste, y en los demás presentes, observaba muchas personas desconocidas. Tenía la sensación de encontrarse en un lugar propio pero ajeno a la vez. La única persona con la que mantenía “contacto” era con el encargado del edificio. Su querido enemigo íntimo no se encontraba allí, detalle que le llamó mucho la atención.
¿Y el viejo Wenceslao?, qué raro que no esté. ¿Dónde mierda andará ese viejo?
A pocos segundos de formular ese pensamiento, Wenceslao comienza a aproximarse hacia el muchacho y con un amable gesto lo saluda.
-¿Qué tal, muchachito? –pregunta Wenceslao.
-Apareciste, viejo. Pensaba que después de aquel episodio que tuvimos en mi departamento, cuando te hiciste el gil por el tema del agua, no ibas a aparecer hoy –contestó Tomás mientras inspeccionaba detenidamente a Wenceslao. Luego de terminar el chequeo, Tomás continuó hablando -cambiando de tema, me siento desorientado acá, veo tanta gente a mí alrededor y no sé quienes son. Clarificame el panorama, viejo. El tono de voz de Tomás era muy tranquilo, casi parecía una persona normal.
-Bueno, desde que estoy trabajando acá y aunque a veces te lleves a las patadas conmigo, voy a comportarme lo más amable posible para no tratar de irritarte. Creo que puedo darte un paneo general de esta gente –contestó Wenceslao, en un tono familiar similar al que utiliza un padre cuando quiere comunicarse con su hijo pródigo.

Ni bien terminó Wenceslao de pronunciar la palabra “gente”, inmediatamente irrumpió la voz de Hernán Gutiérrez, el Administrador.

-Buenas tardes, vecinos. Antes que alguien tome la primera palabra quería informarles sobre las cosas que estuvieron aconteciendo últimamente tanto en este edificio como en tantos otros que estoy administrando en el barrio. Todos están sufriendo escasez de agua o directamente falta total del suministro. Llevamos los reclamos a Aysa pero no recibimos respuesta alguna. Les aseguro que estamos tratando de encarar el tema lo mejor posible para que en corto plazo vuelvan a suministrarle a todos el agua –el Administrador daba su discurso de una manera ordenada.

Las miradas de los vecinos, incluyendo a Tomás, oscilaban entre la desorientación y la bronca acumulada durante varios días, debido a tanta inoperancia por parte de Aysa como de Hernán.
El sentimiento generalizado de bronca lleva a uno de los vecinos a dar el primer paso frente a todos.
- Hernán, con el respeto que te merecés, y hablo por mí, no por el resto, pero quiero decir que estoy harto de no tener agua desde hace varios días. Ya no sé cómo ir a mi trabajo, voy diariamente a la casa de un amigo para poder darme un baño. No se tolera más vivir de esta manera –explicó un vecino indignado.
Tomás, en forma silenciosa, observaba detenidamente cada gesto del Administrador. Deseaba, ante la mínima reacción, poder saltarle a la yugular como un vampiro hambriento.
-Entiendo su preocupación, pero estamos tratando de actuar de la mejor forma para que puedan retornar a su vida normal cuanto antes –se anticipó en contestar el Administrador.
Tomás, al escuchar el último “sermón” por parte de Hernán, no aguantó más y manifestó su forma de pensar de la forma más abrupta posible -¿Retornar a la vida normal? ¡Cómo se nota que no estás en el edificio! ¡Sorete! Acá estamos bañados pero en mierda, mi casa es una fábrica de excremento, están empezando a salir hongos por las paredes, cada día hay un nuevo problema y nadie se hace responsable. ¡Si no es la mierda, son las ratas, si no son las ratas, es mi escroto hediondo y a eso sumale el calor insoportable! Exijo que ya me des respuestas, si no voy a empezar a tomar cartas en el asunto.
Wenceslao trataba de calmarlo. No comprendía que de un segundo a otro, de estar hablando en “buenos términos” con Tomás, éste empezará a hervir en odio.
-Tranquilo, tranquilo, no estamos acá para insultarnos. No sé el motivo, pero varios edificios y negocios a la redonda están pasando por la misma situación. De ahora en mas tratemos de estar en calma, ya sé que es una situación difícil. Les aseguro que estamos haciendo todo lo humanamente posible para solucionar este conflicto. No hay un día que no llamemos a Aysa para obtener una solución, pero por el momento no podemos asegurar cuándo volverá el suministro de agua. Eso sí, les vuelvo a repetir algo: no son ustedes los únicos afectados por cortes de agua potable –Hernán trató de ingeniárselas para calmar la situación. Cuando observó que estaba logrando su propósito, se pasó una mano por el cabello.
Los vecinos optaron por el silencio. Si bien querían llegar a una solución lo más pronto posible, al escuchar las palabras del Administrador se resignaron y esperaron a obtener nuevas noticias. Ninguno de los presentes estaba dispuesto a llevar las riendas del asunto, ni mucho menos a ponerse a confrontar con el Administrador.
De inmediato, y notando el silencio de todos los vecinos, Hernán se retiró repitiéndoles a todos -quédense tranquilos, buscaré un plazo específico para que puedan volver a contar con el suministro.

Escrito por: Emiliano

(12) Fueguitos

-¿Viste ese fuego?
-Sí, ¿qué coño es eso?
-No tengo ni idea, pero la verdad que es para llamar a Crónica, o algo de eso.
-Yo lo noté hace un ratito, pero pensé que estaba viendo nublado.
-Sí, parece eso al comienzo pero si te fijás vas a ver que las llamitas no paran de moverse, como si alguien las estuviera soplando.
-Encima con este calor insoportable, lo que menos necesitamos es más calor. Bueno, yo doy una vuelta más y me voy a la mierda, espero que en casa se hayan dignado de dejarme algo de agua. No doy más de bañarme para la mierda. ¡Qué asco dormir así!
-¿Vos también andás con quilombo de agua? La verdad que en mi casa sale perfecto. ¿Probaste llamar a los guachos de Aysa? -preguntó Darío.
-Sep, quedaron en mandar una cuadrilla pero eso fue hace como cinco días. Hoy llamé de nuevo y directamente un disquito me repite “falla general en la zona. Por favor, mantenga su número de reclamo y la concha de la lora” -respondió Esteban.
-¿Y querés pasar por casa y te das una ducha? Mirá que no hay drama, eh -aseveró Darío.
-Nah, dejá, si la jermu se llega a enterar que me estoy bañando en otro lado le agarra un ataque de bronca -se lamentó Esteban.
Un hombre se acerca a la pareja de amigos. El hombre tiene un sobretodo y usa un enorme sombrero.
-Buenas noches –encaró el extraño -¿Tienen idea de hace cuánto está eso ahí? -El dedo del extraño indicaba, sin lugar a dudas, el pequeño fuego.
Los amigos se miraron mutuamente no más de un segundo. El tiempo suficiente para saber que estaban frente a un loco. Con casi 39º de térmica, no es posible que alguien salga a la calle con un abrigo así.
-La verdad que no tenemos idea. Yo llegué al parque hace más de cuarenta minutos y recién me fijé en eso en la última vuelta –se apresuró a aclarar Esteban.
- ¿Y usted? ¿Qué me puede decir al respecto? –con una grave acentuación en la palabra “respecto”, el hombre del sobretodo se dirigió a Darío.
- Yo, yo estaba igual. Dando un par de vueltas y de la nada también me fijé en eso. Creo que casi al mismo tiempo que él –contestó Darío mientras señalaba nerviosamente a su amigo de la infancia.
- Ninguno puede decirme la hora, entonces –respondió el hombre del abrigo extraño.
- Capo, a ver si entendemos algo. Estamos podridos del laburo, yo ando sin agua hace casi una semana, vengo a correr para desquitarme la bronca de tanto calor, porque ya no se puede estar más chivado, y realmente prefiero transpirar por correr y no por no poder darme una ducha. ¿Vos te pensás que sabemos exactamente cuándo arrancó eso que se ve ahí? Y otra cosa, ¿tenés idea qué es? Porque mataría que sea algo raro, así llamamos a un canal y quizás nos hacemos unos mangos –Esteban lanzó una risita para buscar la complicidad de su amigo.
-¿Quieren la historia larga o la corta? Eso que ven ahí no es algo casual, y tiene diferentes interpretaciones que dependen absolutamente del observador –El hombre del sobretodo sacó un habano y empezó la tarea de prenderlo.
-Ah, bueno, lo que faltaba. Entre el calor y este enfermito ya no sabés con quién quedarte –respondió, enojado, Esteban.
-Señor, con respeto, ¿cómo se llama? Nunca lo vi por la zona –se apresuró a decir Darío.
El hombre del abrigo sonrió levemente, y en su boca se logró vislumbrar varios dientes de color dorado –Mi nombre es Bernardino, y estoy interesado en este tipo de situaciones. ¿Qué es? ¿Escucharon hablar alguna vez sobre el fuego de San Telmo? No van a ganar nada llamando a los medios, la explicación racional indica que estamos ante un fenómeno meteorológico raro, pero no imposible de acontecer en tierra. Mucho más común es que suceda en el medio del mar, o bien arriba –Bernardino señaló, con su habano encendido, hacia el cielo.
Esteban estaba cada vez más intrigado, el enojo había dado un paso al costado y la intriga acechaba a su mente –O sea que hay otras explicaciones, ¿alguna que nos quiera dar? Digo, ya que conocemos su nombre y tratamos de ayudarle con la hora…
-Aguantá un cacho, Teba –Darío lanzó una mirada penetrante a su compañero.
-A veces pasa en tierra firme, como en los cuernos del ganado o en ciertas superficies con forma puntiaguda, pero repito, no es común. Y menos si todavía no empezó la tormenta –murmuró Bernardino.
-¿Pero de qué tormenta hablás? Hace más de veinte días que no llueve, y los canales no paran de repetir que al menos por esta semana hay que olvidarse de una lluvia salvadora –Esteban volvió a enloquecerse, esta vez más en serio que nunca.
-Vengan, quiero que vean algo –contestó Bernardino, mientras empezaba a caminar con pasos lentos.
El trío de personas se dirigió hasta la mitad de la plaza, y quedaron parados como árboles viejos frente al Monumento a la Cordialidad Internacional.
-¿Lo ven? También hay fuego de San Telmo ahí. Pero, lamentablemente, tampoco pude averiguar la hora en que empezó –habló lastimosamente Bernardino.
-¡Es verdad! ¡En la cima de la japi esa se ve que también hay fueguito! Lo que pasa es que si venís de lejos ni lo notás, aparte este monumento pasa más desapercibido que pedo de araña –se apresuró en contestar Esteban.
¿Y será sólo en el Parque Lezama que está pasando este “fueguito”? –preguntó tímidamente Darío.
-Ustedes lo vieron en el Monumento a Pedro de Mendoza. Si hubieran girado un poco más la cabeza hacia la izquierda, habrían divisado que las cruces de la Iglesia Ortodoxa también tienen el fuego. Pero hay otro más, al menos uno más que yo encontré, en Paseo Colón e Independencia, el llamado "Monumento al Trabajo” –respondió Bernardino, mientras se apresuraba a dar otra pitada a su habano.
-¿También hay uno ahí? ¡Pucha, qué quilombo! ¿Y hay que apagarlos o algo de eso? Pregunto porque andamos jodidos de agua, y no creo que los bomberos quieran prenderse a apagar eso, más pajeros no pueden ser –se jactó Esteban.
-No se les ocurra tocarlos. Una cosa más, ¿no les parece raro que la gran mayoría de la gente ni siquiera se para a mirarlos? –inquirió Bernardino.
-La verdad es que puede parecer raro, pero la gente está ocupada en sus mambos. Y si es algo que nadie presta la mínima bola, es a los monumentos, estatuas y cosas por el estilo. La verdad es esa, para mí –respondió Darío, como si fuera un alumno aplicado que quiere reforzar sus éxitos académicos.
-Sí, es una buena explicación. Triste pero con altas probabilidades de ser cierta -Bernardino se llevó una mano a la cabeza, como si estuviera defendiéndose del Sol.
-Bueno, yo me las pico. Es al pedo quedarse, si encima que hay varios de esos no vale la pena llamar a la tele, ¿para qué me quedo acá? Me voy a casa a ver si al menos me dejaron una botellita de agua, la puta madre de este clima y los guachos de la empresa de agua -confesó Esteban.
-Veo que el problema de agua te enloquece. Si tantas ganas tenías de llamar a los medios por este suceso, ¿por qué no los llamaste por la falta de agua? -bramó Bernardino mientras señalaba con el habano a Esteban.
-Don, no me contestan, los cagué a miles de llamados. Hace unos días decían que no había reclamos de nadie, y ahora directamente no contestan, me ponen en espera. Para colmo, en la tele no dicen nada del problema de suministro. Así que ya no queda otra que esperar que se arregle el mambo –Esteban respondió en voz baja, mientras que con el pie derecho hacía círculos imaginarios en la tierra del parque.
-Señor Bernardino, ¿cuánto tiempo puede pasar para que se apaguen estos fuegos de San Telmo? –Darío preguntó con voz firme, como esperando una respuesta sincera a toda costa.
-No lo sé, ya no estoy seguro de nada. Pero antes que se vayan quiero decirles otra cosa, y espero que me tomen en serio y no como un viejo loco -Bernardino agarró fuertemente del brazo a Darío, luego siguió hablando -No se distraigan, este augurio no es nada bueno y todos podrían estar en peligro. No usen monedas, tiren las que tengan o gástenlas enseguida ¿Entendieron?
-Sí, eh, está bien. Gracias por todo y usted también tenga cuidado, no se quede dando vueltas en el parque, es peligroso más tarde –aconsejó Darío mientras empezaba levemente a temblar.
-No te hagas drama, capo. Yo me manejo con tarjeta SUBE -replicó Esteban con una sonrisa demencial.
Bernardino los despidió con un gesto despectivo, como si tratara de espantar a una mosca. Los amigos se fueron caminando muy despacio, con la mirada baja e intercambiando opiniones sobre lo que acababa de suceder.
El habano de Bernardino estaba en las fases finales de su vida, el humo ascendía en forma de espiral y terminaba nublándolo todo.
La visión era de un negro total, que sólo terminó cuando una mano tapó la escena. Un segundo después no había más nada, la superficie reluciente de la cajita de plata y cristal ya no mostraba ninguna imagen.

viernes, 14 de octubre de 2011

(11) Cambio de Fe

Una araña de tamaño humano se posó levemente sobre el pasto reseco.
Ni siquiera la brillante luna llena lograba descubrir a la criatura. Con un ligero movimiento de manos, empezó a reconocer el terreno. Al comienzo el tacto era errático, sin ninguna señal contundente, pero al cabo de unos pocos segundos aparecieron los primeros indicios positivos: apenas unas sencillas líneas horizontales que formaban un burdo rectángulo. A Jean-François le tomó unos dos minutos recorrer y conocer la superficie correcta. Debido al ruido de unos pasos secos, acostó todo su cuerpo como una anguila en la proximidad de su hogar. El disturbio sonoro era provocado por un porteño que paseaba, a pocos metros, a su perro. Las costumbres de Buenos Aires desconcertaban a Jean-François, pero por otro lado aportaban una cierta adrenalina a su trabajo; y bien que necesitaba ese empujón anímico luego de años de inactividad.
No había una hora segura para trabajar, pero lo más cercano a eso era la madrugada del Lunes, Martes y Miércoles. Los demás días de la semana podían dedicarse a tomar cerveza y a mirar canales franceses desde la habitación del hotel.
Los trabajos en la puerta clausurada dieron sus frutos. Dentro de un tiempo comprendido en tres meses, Jean-François se dedicó a examinar, cotejar planos y poner manos a la obra para reutilizar un antiguo túnel que se introduce profundamente en la iglesia de Nuestra Señora de Belén (ahora conocida como San Pedro Telmo). Los avances en el trabajo fueron progresivos. Al principio consistieron en visitas diurnas que le permitieron estudiar todas las edificaciones que rodean a la nave principal. Muchas noches fueron destinadas para observar el movimiento de los vecinos, comprobar la seguridad del predio o calcular el tiempo exacto en que la Iglesia queda deshabitada. Recién al pasar el primer mes, Jean-François se sintió tranquilo para explorar la ubicación del túnel olvidado. Este conducto se encuentra ubicado detrás de la Capilla sur de la Iglesia, por lo tanto comunica en forma directa con la parte principal de la edificación religiosa. Los motivos de su olvido son varios, por un lado al destruir el aljibe quedó sepultado parcialmente por el desmoronamiento de tierra; además las sucesivas capas de cerámicas que se usaron en la penitenciaría y hospital militar fueron creando una acumulación de sedimentos que terminó por ocultar el pasaje.
Las medidas del compartimiento perdido son sorprendentes: 2,50 metros de largo por 1,40 de ancho. Un túnel antiguo, resucitado por antiguos planos, posicionado en un edificio anexo que fue utilizado como prisión en el siglo XIX. - “No hay dudas, los argentinos son raros. ¿Cuántos reos sintieron el impulso de encontrar esta abertura y recuperar la libertad? ¿Cuántas miradas se habrán congelado en el tiempo y recién hoy sonríen?” – pensó Jean-François.
Debido al inexorable paso del tiempo, el terreno que se hunde en el pozo contiene todo tipo de objetos. Pedazos de cerámicas inglesas y nacionales de más de cien años, huesos de animales, restos de maderas de distinto espesor y muchas otras sustancias imposibles de identificar a simple vista. Al llegar a los tres metros de profundidad, el ángulo hace una curva rotunda y se perfila en forma totalmente horizontal, como si fuera la columna vertebral que mantiene en pie a la Iglesia. Ahora es cuando transcurre la tercera transformación, la lombriz. Ésta es la parte más laboriosa, ya que el espacio para deslizarse es pequeño. El calor hace estragos en la faena, pero ante este inconveniente Jean-François prefiere invocar las cervezas frías que le esperan en su cuarto.
Al llegar a la mitad de la planta en forma de cruz, la lombriz se topa con un descenso brusco que lo obliga a estirarse hacia abajo para tantear el suelo. El motivo de la depresión es que a muy poca distancia de él, reposa el cuerpo de Juan Antonio Martinez, cuarto párroco de la Iglesia; y uno de los principales impulsores en la decoración de las naves. El esfuerzo físico para acomodar su cuerpo provoca que la linterna de su casco deje de iluminar momentáneamente el camino a seguir. Es un percance inesperado, ya que al no poder usar sus manos con total libertad deberá valerse de los movimientos de su cráneo para centrar el foco. Al pasar unos veinte minutos logra su cometido, y sigue avanzando.
- “Ya falta menos” – pensó la lombriz. Tres veces realizó este mismo camino, así que ya conoce enteramente su extensión. Para que el trayecto sea lo más ameno posible, se le ocurrió en sus visitas anteriores al túnel ir señalando por medio de papeles la distancia a la que se encuentra el objetivo.
La lombriz sabe leer: primero vislumbró un “vingt”, luego “dix” y finalmente el ansiado “cinq”. De ahora en adelante el camino se abre significativamente, como incitando que la lombriz aprenda a correr. - “Nada más equivocado, ahora viene lo difícil” – murmuró Jean-François.
Cando el túnel se agrandó lo suficiente para pasar arrodillado, la lombriz se transformó en un perro en busca de un nuevo palo para jugar. Justo arriba de él se ubicaba el comulgatorio creado con mármol de Carrara, centro espiritual de la nave (Dios es un espíritu alegre, a no olvidarse).
El último trayecto consiste en utilizar unas tablas de cristal de silicio que funcionan como agarraderas. Colocarlas no fue tarea sencilla, ya que el material debe ser moldeado bajo altas temperaturas y la falta de oxígeno retrasó el progreso. La criatura convertida en mono recuerda que al colocar el último cristal, decidió pedir un aumento en su trabajo. Los motivos que adujo fueron la creciente incomodidad para trabajar en esas condiciones y las altas temperaturas a las que tenía que verse expuesto. Su paga no fue cuestionada ni nada por el estilo, incluso se le dobló la cifra acordada antes de terminar con su reclamo.
Lector, si te hubieras encontrado en la nave central de la Iglesia en ese instante; te parecería escuchar unos tímidos golpes que tienen un ritmo molesto: como si quisieran usar el baño y vos estuvieras en su interior.
Este momento del trabajo es comprendido como el más complejo, ya que consiste en realizar una abertura total. Para Jean-François es un pasaje más, sin mayor peso que la entrada al conducto. Algunos sostienen que la ascensión en una intrusión vertical es el último momento para pensar y retroceder el andar. La verdad es que si bien el cierre fue forzado con anterioridad, ninguna práctica te puede eliminar la adrenalina de la prueba final. Y está bien que así fuera. Uno tiene que sufrir en la piel el miedo a que te esperen decenas de policías mientras emerge tu cara del Inframundo, de otra forma no vale la pena arriesgarse a nada.
Los golpeteos rítmicos dieron paso a imperceptibles quejidos que significaban el deslizamiento de losa.
“El oxígeno tiene propiedades rejuvenecedoras, y lo más raro es que siga siendo gratis” – pensó el mono-. La primera bocanada de Jean-François le devolvió la vida, la segunda le permitió concentrar sus pensamientos para el próximo paso.
Si uno quiere realizar una tarea perfecta debe repasar todos los movimientos una y otra vez. Nuestra mente es la indicada de realizar esos procesos, es sólo cuestión de concentración.
El mono salió a la vida en forma lenta pero firme. Una vez que su cuerpo quedó casi en su totalidad en las afueras del pozo, la serpiente procedió a descartar su traje con una naturalidad envidiable. Una parte importante de este ritual consiste en descartar los zapatos y colocarlos en el pozo, para bajarlos se atan los cordones hasta que la caída sea imperceptible a un oído desatento.
Es el momento de la mantis religiosa, y por otra parte de la luz infrarroja. Con movimientos copiados de los Santos que inundan la Iglesia, la mantis se acercó a lo largo de su vida hasta alcanzar el antiguo comulgatorio.
En uno de sus pilares se encontraba el objeto de sus pensamientos y esfuerzos gastados en estos últimos tres meses: la reliquia de San Pedro Telmo. Con un movimiento de profundo desgano, como si diera lo mismo tenerla o no, el ladrón sujetó la cajita de plata y cristal. ¡Clin!
Los ladrones sostienen que ese momento de clímax es similar a un orgasmo, espacio temporal donde se escucha un aplauso realizado por los camaradas ya fallecidos. Jean-François no percibió nada, aunque quizás estaba distraído en su intento imprevisto de interrumpir un estornudo.
Una vez que el ladrón obtuvo su trofeo, se olvidó totalmente del encargo. Su mente pasó a concentrarse en su propina especial, su ítem personal ganado por una faena terminada. La codicia se encargó de elegir el reloj obsequiado por Denis Pack, inglés que lo entregó al pueblo de Buenos Aires por las atenciones recibidas en las Invasiones Inglesas. El antiguo objeto se ubicaba en la nave lateral de la izquierda, así que fue necesario que el ladrón gire sobre su camino. Una auténtica locura por el tiempo perdido, pero no había nadie para hacerle cambiar de idea.
El ladrón se quedó en silencio, tomó fuerzas y volvió al túnel.
La nueva entrada a la Madre Tierra no fue apresurada, Jean-François se preocupó de eliminar todos los rastros para luego sellar la losa con estabilizadores térmicos.
El camino de regreso fue meteórico, una carrera frenética. El único pensamiento coherente giraba en torno al tiempo que le tomaría a la Iglesia caer en la cuenta de los objetos robados. ¿La gente se sentirá movilizada? ¿Pasarán semanas, meses, años hasta darse cuenta de la pérdida? dialogaba el ladrón con un animado superyó.
El último pensamiento de Jean-François antes de salir por el túnel de la puerta clausurada tenía que ver con otro tema, de igual o mayor importancia: ¿cuántas cervezas se podía llegar a tomar antes de caer fulminado en la cama?

(10) ¿Cielo o Infierno?

El calor es devastador, una brisa de luz iluminó la cara de Tomás, de repente algo raro comenzó a suceder dentro de él, movimientos bruscos, habladurías raras.
“¡No, todavía no! No es hora de irme de acá, necesito encontrar respuestas, ¿por qué se fueron, por qué me abandonaron? ¡Te maldigo, si existe un Dios supremo sobre esta tierra, no creo más que en mis principios, no, aléjate de mi, aléjate!”
En un instante Tomas saltó de su cama, abrió los ojos y lo primero que hizo fue correr hacia la ventana. Miraba al cielo de un lado al otro, hasta quedarse tildado mirando un punto fijo como si un hechicero lo hubiese hipnotizado. Ahí se encontraba (desvariando otra vez).
Vuelve en sí y lo primero que hace fue mirar sus manos. No encontró ningún rasguño, después desvió su mirada hacia sus pies, nada…
Fue directo a la cocina para alimentarse un poco, en la heladera no había más que un pedazo de queso y un vaso lleno de leche (vaya a saber hace cuanto estaría eso ahí). Agarró un cuchillo, lo miro fijamente y se detuvo unos segundos.
“¿Qué pasará si introduzco el cuchillo en mi estomago, qué sensación causaría en mi?. ¿Qué ocurrirá si intento cortarme las venas y desangrarme hasta desvanecerme?”
Empezó a cortar en trozos el queso como si fuera parte de su cuerpo, dejando el pedazo de lácteo en la mesada. Se alejó, sonó el timbre.
Tomás: ¿¡¡Quién es!!!??
-Wenceslao- responden.
Tomás: Otra vez el viejo éste, que tipo pesado, algún día lo voy a agarrar de improvisto y le voy a dar un gran susto, ya me tiene harto…
Tomás: ¿Qué querés?
Wenceslao: Hijo te llegaron facturas, así que poniendo estaba la gansa, jajaja.
-Viejo cretino- pensaba Tomás.
De inmediato lo miró fijo a los ojos y se detuvo compenetrando su mirada en el rostro añejado de Wenceslao. Recogió las facturas y se las tiró en la cara.
Tomas: ¿Que facturas ni facturas, viejo? Primero quiero que me solucionen el problema de agua. ¿¡¡Qué carajo pasó con ese asunto!!??
Wenceslao no respondía.
Tomas: Contestame de una puta vez, ¿qué paso al final?
Wenceslao, al no saber que responder, se retira.
Tomás, con su dúctil delicadeza, se agarra sus bolas y se las frota en la nuca. Sus últimas palabras fueron “ya te voy a agarrar viejo…”.
Cierra la puerta y se dispone a contemplar desde su habitación tan grandioso día.
“¡Pero qué calor de la reputa madre y yo sin poder bañarme desde hace tres días! Por lo menos tengo desodorante, talco y jabón.”
Se dirige al baño, empieza a darse lluvia de garzos en su cuerpo y a pasarse el jabón con el fin de poder “bañarse”. Su boca estaba reseca de tantos escupitajos. Corre rápidamente hacia la cocina, agarra el vaso de leche y se lo tira encima.
-Por lo menos es líquido- pensó.
Se seca y empieza el festín de talco y desodorante.
Recoge sus llaves y sale para contemplar el maravilloso día que le espera, haciendo fuerzas hacia sus adentros para no padecer lo mismo que aconteció el día anterior.
Se calza el walkman para no oír voces y camina por la calle Humberto Primo con la mirada gacha con la intención de no ver caras extrañas.
De repente para en un kiosco, compra cigarrillos y continua su paso cansino hasta donde le depare el destino. Levanta su mirada y ve estructuras antiguas, casas que no eran de su agrado y una iglesia de fondo. Su pensamiento se anticipó frente a su curiosidad por poder proseguir en su andar. Vuelve hacia sus pasos, gira y va camino contrario. Una serie de imágenes le atravesaron la cabeza. Era la de gente atormentada, lágrimas, dolor, muerte y por ultimo su cuerpo colgando de un árbol.
Su vientre comenzó a contraccionarse, sus ojos atónitos por aquellas secuencias parecían tan reales como su presencia misma, lo que le provocaba pánico. Empieza a desesperarse, a correr sin importarle nada. Cruza las calles con el semáforo en verde, esquivando autos y los gritos de los conductores que vociferaban: “¡¡Heyyy, loco hijo de puta!!”.
La gente a su alrededor lo miraba pero él seguía corriendo hasta que llega a su casa nuevamente. Sube agitado las escaleras pero no puede encajar la llave en la cerradura, sus manos comienzan a temblar hasta que logra entrar y da un portazo que se escuchó hasta el último piso del edificio.
Agarra los pedazos de queso que había cortado hace un rato y se los pone en su boca con puño y todo con el fin de atragantarse. De tan pasado que estaba el alimento lo escupe con un regalo de vomito que dejo en pleno piso.
Comienza a patear el vómito.
“¡¡¡Gol, gol…golazo de Tomasito, gol!!!”.
Descarga toda su furia contra él, hasta no quedar nada. Se cansa, se agita cada vez más hasta que vuelve a su habitación, se dirige a la ventana nuevamente y se queda mirando un punto fijo hacia el cielo otra vez, al compás de un silbido tenue…

Escrito por Emiliano